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Cofradía de la Negritud - CONEG
Desde la Ceiba
Nº 152, lunes 7 de abril de 2014

Sumario

- Sobre los jóvenes y el cine cubano por Gustavo Arcos
- Los Hermosos Peligros de la Libertad por Víctor Fowler Calzada
- Primavera en Miami con una esquina rota por Yasmín Portales Machado
- ZunZuneo, el extraño nombre de un fracaso por Rosa Miriam Elizalde
- Solanum tuberosum: un alimento en peligro de extinción en Cuba por Yohan González Tomado de Desde mi ínsula
- TV Cubana: Cambiar lo que deba ser cambiado por Elena Diego Parra (Tomado de Soy Cuba)
- Transporte: Avanzando para atrás (Tomado de “Cartas desde Cuba”)
- Fernando Pérez: “la prensa cubana tiene que equivocarse” por: Carolina Rodríguez
- Mujica, el presidente imposible por Josefina Licitra (Tomado de Progreso Semanal)
- Desde Venezuela: Toda Edad Sirve para la Muerte Crónica dolorosa y vieja fuera del ghetto. Por Rogerio Moya jueves, 27 de marzo de 2014
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Sobre los jóvenes y el cine cubano
por Gustavo Arcos

Sería iluso pensar que los eventos y sus mesas o paneles de discusión son actos que despierten un interés masivo. Se circunscriben a temas, fenómenos o saberes específicos y aunque la promoción puede jugar una rol importante a fin de hacerlos visibles, suelen convocar solo a los interesados que generalmente son una minoría. En cualquier caso, prefiero cinco receptores con ansias de pensar y exponer a conciencia un grupo de ideas, que mil cabezas amodorradas que hayan sido movilizadas por vaya a saber qué utilidad superior.

Está claro que lo que puede ser para ti o para mí, atractivo o necesario discutir hoy, no lo es para muchos otros. Por tanto, no se trata de obligar, o movilizar a punta de pistola, sino de ofrecer un grupo de opciones, alternativas o ideas lo suficientemente seductoras, capaces de generar interés y debate público. Es esencial que esas propuestas estén en consonancia con las dinámicas del pensamiento más contemporáneo, por eso es vital que los organizadores estén atentos a los problemas del presente, que no marchen a contrapelo de la vida. Al mismo tiempo me parece lamentable e incoherente con la propia política cultural del país, que tengan lugar festivales, muestras o mesas de discusión y no estén presentes estudiantes, por ejemplo de las escuelas de arte de una provincia, o que no les interese a los que, digamos, estudien en las universidades temas relacionados con el pensamiento y la cultura. Las autoridades docentes tienen que estar informadas de estos encuentros y buscar la forma de integrase a los mismos. Yo mismo he estado presente mil veces en eventos relacionados con los medios, el cine o la televisión y ni siquiera pueden encontrarse en ellos las personas que trabajan día a día en estos espacios. ¿Cómo pueden llamarse a sí mismo artistas si son incapaces de pensar en lo que hacen?. Si desconocen lo que otros colegas realizan, cuáles son sus poéticas o preocupaciones artísticas, ¿cómo pueden enfrentar sus propias angustias creativas? Tal vez esa sea la razón de que tengamos tanta mediocridad, inercia y superficialidad en nuestra prensa y medios audiovisuales.

Creo en el diálogo y la socialización del pensamiento. Creo que hay que escuchar al otro, sobre todo, si piensa diferente a mí. Respetar y oír sus argumentos, sus puntos de vista. Pero aquí, lamentablemente al que piensa diferente se le cuelga el cartel de disidente, contestatario o incómodo y por tanto se le excluye, anula y estigmatiza. Puedo también entender que una mesa de discusión, una conferencia o reunión, puede ser para muchos, una opción carente de sentido, en tanto se ha practicado demasiado en nuestro país con muy pocos resultados. Aun hay demasiado verticalismo y también demasiado miedo a discrepar con la autoridad o el orden establecido, porque a fin de cuentas, todo sigue igual. Hay una estructura y un sistema de entender y conducir la nación, en el plano de las ideas, que permanece inamovible.

Esta última certeza me lleva a la conclusión de que no importa lo que jóvenes digan, piensen o cuestionen, el estado de cosas permanece igual. De ahí su nihilismo, su falta de compromiso. Ahora mismo tiene lugar la edición número 13 de la Muestra Joven. Hay más de cincuenta filmes, muchos de los cuales y como ya es habitual, reflejan de manera crítica, males de nuestra sociedad. Imágenes honestas y realistas que desde el terreno artístico, representan cómo vivimos, quienes somos o soñamos ser. Son en cualquier caso, y desde una perspectiva joven, formas de expresión, modos de interpretar la sociedad. Como sabes, la mayor parte de esos filmes, una vez concluida la Muestra se convertirán en fantasmas, en imágenes invisibles y olvidadas que no serán estrenadas, ni transmitidas por la televisión. Ahí tienes un vacío en esa Política Cultural de la que tanto se habla. Te digo más, tú y yo sabemos y conversamos hoy de la Muestra, pero puedes apostar que si se hace una encuesta nacional, más del 90 % de la población cubana ni se ha enterado de que tal evento tiene lugar.

Ahora bien, esa mirada crítica… ¿de los jóvenes?, comprometida con el mundo que les rodea, rara vez se hace acompañar de un pensamiento público, un activismo social. Es una producción que rara vez trasciende el marco de su breve exhibición. Una obra sin consecuencias que solo perdurará por las acciones de algunos críticos o investigadores que las hacen circular. Recuerdo como, parte de la grandeza de los que hicieron nuestro cine en el período “dorado” del ICAIC, estaba dada por sus gestos y acciones públicas, por su militancia con el arte, sí, pero también con la nación. Pero hoy todo es distinto, el ICAIC está totalmente debilitado, no hay una industria de cine en Cuba, apenas sobreviven unas pocas salas de exhibición y las acciones de revitalización de los espacios cinematográficos, son excesivamente lentas y confusas. El grueso de la producción fílmica se hace desde entornos alternativos, pero el Estado sigue postergando la discusión y la toma de decisiones sobre esta esencial cuestión. Para los jóvenes filmar una película parece ser suficiente, hacerla, adentrarse en zonas oscuras de la sociedad o llamar la atención sobre determinados fenómenos que nos golpean, es ya, ofrecer un punto de vista. Filmar, filmar y filmar. Su discurso, ¿joven?, está implícito en sus propias obras, no en sus palabras o acciones posteriores. ¿Será que hablan a través de las imágenes? Y así, rodaran un corto hoy que será aplaudido por su valor y mañana otro, que ganará un premio y pasado…, bueno, pasado, tal vez ese joven ya no esté en Cuba.
Es muy difícil que en estas últimas generaciones se sedimente un pensamiento, que los agrupe. Tampoco aparece un núcleo sólido de ideas que los mantenga, no solo unidos, sino creando por varios años en el país que los vio nacer. Amistades, grupos de creación, estilos estéticos o productoras de nombres significativos se conforman hoy y fragmentan mañana. ¡Y ni qué hablar de que exista entre ellos algún liderazgo o programa generacional!. Pienso, que el principal problema que acompaña a ésta y las más recientes generaciones de cubanos, en cualquier esfera es que no tienen un auténtico programa de cambio. Todo el mundo critica, vocifera y rumia sus obsesiones o angustias, pero muy pocos ofrecen una alternativa real y viable para implementar ese cambio que anhelan. No basta con decir : ¡Esto está mal! Hay que saber también, responder a las preguntas ¿ Qué o Cómo lo harías tú?

El programa de los jóvenes cubanos, es un programa heredado de sus padres simbólicos o reales. Un diseño de país que no permite ser transformado, o en todo caso, que no permite que sea cuestionado por las nuevas generaciones. La parábola de Guillermo Tell con la manzana en la cabeza aún no ha sido superada.

En estos últimos meses y como consecuencia de la crisis que vive nuestro cine (hemos hablado de ello en el blog) un considerable número de cineastas y creadores del audiovisual se han reunido para elaborar un conjunto de propuestas que desemboquen en una nueva Ley de Cine, un Fondo de Fomento para la industria y un cuerpo de leyes que permitan la figura o registro del Creador Audiovisual Autónomo. Al margen de todas estas preocupaciones, demandas y justas necesidades, me llama la atención que en ese futuro del cine cubano, que ya se está intentando diseñar, el ICAIC seguirá siendo el centro, alrededor del cual, todo lo demás giraría. Comparto cien por cien la postura de los cineastas, sé cuan valiosas serán sus propuestas y acciones en aras de encauzar el cine y la cultura nacional. Lo que no me queda muy claro es cuál será la posición de la dirección del ICAIC, en caso de que siga siendo una institución que responda al aparato o la voluntad ideológica del Estado.

Me pregunto:

¿Ese ICAIC del mañana, seguirá teniendo un control total de las salas de cine? ¿Existirán otros espacios alternativos de exhibición y entretenimiento?. No hace mucho tuvimos una experiencia nefasta con la radical prohibición de los locales de 3D.
 
¿Las “obras incómodas”, realizadas por los cineastas independientes y ya debidamente legalizados, encontrarán espacios de exhibición o promoción en el ámbito nacional?
¿La dirección de ese ICAIC, será capaz de considerar de una y real vez como Cine Cubano, a las obras realizadas fuera de sus predios, por artistas cubanos? Me viene a la mente el caso de un filme como Memorias del desarrollo de Miguel Coyula, aun no estrenado e incluso retirado de un festival, al ser considerado por un funcionario cubano como película no cubana.
Si se organizara una muestra de cine cubano en otro país, ¿incluiría el ICAIC las obras realizadas por los jóvenes creadores independientes? Hoy, no ocurre tal cosa.
¿Cómo reaccionaría ese ICAIC ante la obra de un cineasta cubano emigrado, en cuya producción participen artistas independientes debidamente registrados en el territorio nacional, pero cuyo tema no sea del agrado del criterio oficial? ¿Se pondría al lado de los artistas, al lado del cine, o secundaría la voluntad censora del aparato estatal?

¿Protegería y conservaría el ICAIC, la obra fílmica de todos los cineastas cubanos o solo la de aquellos que producen cerca de su entorno y voluntad?

Preguntas, preguntas y preguntas que ahora mismo me dan vueltas en la cabeza.

 

Los Hermosos Peligros de la Libertad top
por Víctor Fowler Calzada

Para mis tataranietos

Una demanda -repetida de manera idéntica y continua- está directamente relacionada (lo mismo en duración que en intensidad) con una insatisfacción concreta según lo experimentan o creen aquellos a quienes se les considera demandantes; estos últimos podemos entender que son las personas que expresan la demanda (la simple expresión debe de ser entendida como el nivel de manifestación verbal más bajo), lo mismo que quienes la presentan o defienden (por ejemplo, en un tribunal, documento o discurso). En este punto vale la pena precisar un detalle imprescindible para construir un lugar de partida y es lo que se refiere a la diferencia entre demanda y petición; mientras que la última (la petición) va precedida de un deseo (que pudiera o no ser satisfecho), su compañera (la demanda) viene de un momento de un hecho de razonamiento, un momento de conciencia estrechamente conectado con el Derecho. Mientras que la no-satisfacción del deseo conduce a la frustración, la demanda es uno de los varios modos de que la frustración sea articulada; el sentido político de esto se transparenta al razonar que dentro de las potenciales consecuencias por la no satisfacción de la demanda se encuentran la protesta (articulación social esta de una extensión y nivel de complejidad mayores) e incluso la revuelta: la forma más radical para manifestar la ruptura con un poder determinado. La demanda solo demuestra sentido cuando el Yo del demandante pide o reclama a otro que se encuentra afuera de él; dicho de otro modo, únicamente durante la enajenación (cuando la personalidad se fractura en piezas inconciliables) la demanda va dirigida contra el Yo mismo.

La doble lectura que cualquier demanda admite deriva del hecho de que si bien es portadora de un contenido de aspiraciones y sueños (la exigencia de que venga o sea dado algo que nunca se ha tenido o que ya no se posee) también dibuja el contorno de aquellas carencias a las cuales se refiere; lo mismo en cuanto a la vida individual que en el nivel de toda la sociedad dicho contorno define una especie de vacío, rotura o fractura que –para entenderlo mejor- podemos imaginar como la súbita y perturbadora presencia de una discontinuidad en el paisaje recorrido por la mirada. ¿Por qué, dentro de una imagen cualquiera, faltaría un trozo a la manera de un rompecabezas con un hueco? La paradoja en esto que acabamos de afirmar es que el interior de ese espacio (entre los bordes que definen el contorno de la ausencia) donde, al parecer, nada estaría ocurriendo, no solo se encuentra lleno de significado, sino que en realidad es el significado principal; dicho de otra manera, por relevante que nos parezca la demanda en sí, mucho más valioso (más lleno de respuestas) resulta imaginar qué clase de vida toca a los individuos sin aquello que –con tanta fuerza- desean tener y piden, por cuánto tiempo han permanecido en tal grado de privación y con cuáles consecuencias; ello nos pone frente al deseo de futuro, nos habla del sufrimiento en el pasado e igualmente revela los límites para la acción en el presente, pues lo mismo contiene la esperanza que el miedo.

En un bello cuento popular chino el pintor es obligado por el Emperador a realizar el cuadro más sublime, suerte de obra absoluta capaz –por sus cualidades- de unificar todos los tiempos: superior a cuantas existieron en el pasado, deslumbradora para los habitantes del presente y reverenciada por los del futuro como frente a una encarnación de lo perfecto y sagrado. Encerrado por el Emperador en una habitación sin ventanas del castillo imperial y -para que no escape- con fuerte vigilancia en la puerta, lo único que el pintor pide es no ser interrumpido durante la cantidad de tiempo que –según estima- va a necesitar para encargarse de semejante obra extraordinaria. Por cierto que aquí vale la pena agregar que, en caso de no conseguirlo, al pintor le espera la ejecución inmediata a manos de los guardias del emperador; de hecho, junto con la invitación al artista ya viene la amenaza del castigo, de modo que la obra –en caso de ser terminada- sería la garantía de salvación. Luego de días enclaustrado y trabajando, cuando llega el momento acordado para ver el cuadro, el Emperador se presenta con todo su séquito, tocan a la puerta, pero nadie sale; entonces los guardias fuerzan la entrada y los ojos del Emperador se enfrentan a una imagen tan perfecta que los pájaros y mariposas parecen vivos, al tiempo que las hojas de los árboles dan la sensación de estar siendo batidas por el viento. En este paisaje sublime solo una cosa desentona (en realidad son dos los problemas, pues los guardias no encuentran rastros del pintor por parte alguna) y es que en el centro del hermoso paisaje, disminuyendo de tamaño hasta perderse en el lugar de la imagen que representa la distancia más profunda, se aprecian las huellas de dos pies: los del pintor que se ha fugado al interior del cuadro. Si nos ponemos en el lugar del Emperador resulta que, de esta manera –pese a ser la más deseable pintura que nunca pueda haber existido- la obra es portadora de un agujero tal que se constituye en representación de lo más horrible y monstruoso; no hay modo de apreciar la grandeza del artista sin, a la misma vez, participar de su angustia, apreciar la mezquina violencia del Emperador, reír frente a la enormidad de su fracaso como dominador (no consigue vencer la dignidad espiritual del pintor) y –sobre todo- no hay manera de contemplar esos pies escapando sin admirar la rebelión del pintor y su fuga definitiva hacia la libertad. Dicho de otro modo, el agujero acusa y su capacidad contrastante es tan enorme que basta con haberle contemplado una sola vez para que absorba cuanto le rodea y termine por ser el único sonido que se escucha: el sonido del agujero.

Esta hermosa representación de la lucha del arte (y, en general, de la capacidad humana de soñar) frente al poder la complementamos con otro relato de intención moral, la popular historia del rey desnudo (cuyo verdadero título es El traje nuevo del emperador) que fuera escrita por el danés Hans Christian Andersen. En este caso se trata de un rey al que dos pícaros –que se hacen pasar por grandes sastres- convencen de que viste el más bello de los trajes cuando en verdad se encuentra completamente desnudo. La condición para que el monarca sea engañado es que la pareja de estafadores ha echado a rodar el rumor de que el traje se torna invisible ante quienes son aquellos estúpidos o incapaces de ejercer el cargo que detentan; de esta manera, después que dos de los cortesanos de más confianza le juran al rey (quien los envió a explorar qué ocurre en esa sastrería de la cual escucha hablar a todos en la corte) que las ropas que allí se cosen son realmente únicas, a la autoridad no le queda otro remedio que personarse en el lugar, ordenar también él un traje, vestirlo y enseñar (al pueblo) ese nuevo atributo del poder. Tan intenso es el deseo de mostrar su adquisición que experimenta el soberano que incluso organiza un desfile para exhibirla y es entonces que un niño, ignorante de cualquier convención, pronuncia la frase terrible: “¡pero si está desnudo!” (con la consiguiente burla colectiva de la multitud reunida).

A tono con la lógica del cuento maravilloso el soberano no solo es fácilmente timado por la pareja de estafadores sino que, de modo poco creíble si estuviéramos tratando con acontecimientos de la “realidad”, la historia concluye sin que nos enteremos de cuál ha podido ser la venganza del rey. Esta suerte de suspensión de lo verosímil permite hacerle preguntas al texto y extraer, a modo de lección, algunas suposiciones. ¿Por qué el rey, con tanta simpleza, acepta el absurdo de un vestido con propiedades mágicas? ¿Por qué necesita, luego de comprada la ropa, organizar un desfile para exhibir su adquisición delante del pueblo? ¿Por qué es un niño quien –al mencionar la desnudez- desarma la componenda de los adultos? ¿Es posible “hablar” al rey… de qué modo, en qué tono, con cuál intención, en qué momento? ¿Es importante hacerlo?

El traje mágico (con su imposibilidad) indica o demarca la magnitud de aquello que, para sostenerse a sí mismo (acción con la cual expresa su fin último), el poder está dispuesto a aceptar; es decir, no solo la adulación –incluso hasta el punto del engaño- de los funcionarios (de ahí que el rey envíe a sus dos mejores cortesanos para que evalúen las cualidades del traje imaginario), sino la conversión en verdad certificada (refrendada de manera casi oficial por la propia fatuidad e hipocresía del rey) de algo que originariamente no es sino una descabellada desmesura. En cuanto a esta última, lo particular radica en que se trata exactamente del hecho o discurso que devela el límite a partir del cual comienza la corrupción del poder; dicho de otro modo, puesto que el rey no ve este atuendo (que no es posible ver dado que es inexistente), ello muestra que se trata de un incapaz, de manera que en cuanto afirme que lo ve (y, de forma implícita se interese más por mantener su poder que por defender la verdad) estaremos asistiendo a un deslizamiento hacia la mentira y el deterioro. Si del envilecimiento del poder se trata mitificación y mixtificación van de la mano, pues todo se falsea en atención al único principio que preside la vida: la satisfacción del deseo del rey y la conservación del poder a precio de cinismo, embuste y atropello.

La imagen del rey organizando un gran desfile, en el cual esté reunida la totalidad del pueblo, solo para mostrarle un traje (que ya sabemos irreal) habla de la soberbia y la pompa del poder (desesperadamente necesitado de admiración); al mismo tiempo nos coloca ante un aspecto de la relación simbiótica entre el poder y sus súbditos: la necesidad de confirmar el poder mediante estos estallidos de alegría masiva (da igual si fingidos). Desde este punto de vista, el desfile (ocasión en la cual, de paso, todo fracaso es anulado o atenuado hasta la insignificancia) opera como una suerte de confirmación colectiva de los derroteros del poder, sus logros o proyectos; en paralelo a ello, cuando invertimos este esquema de coherencia y felicidad, entonces resalta el angustiante apetito que agobia (y debilita) a ese poder que no puede conocerse a sí mismo, ni estar seguro de su capacidad o estabilidad, si no se alimenta con tales paroxismos de aprobación (de su gestión). Semejante ansia (de ser exaltado) descubre en su esencia la relación simbiótica (y perversa) entre el poder arbitrario y sus súbditos; típico de la renuncia al diálogo, el ordenamiento descrito supone tanto la presencia urticante del deseo (por parte del poder) de ser admitido y la apertura de espacios y vías para manifestar la aceptación. Ahora bien, dado que el afán de obtener conformidad prima por sobre si ello es o no justo, entonces el esquema de lo corruptible queda completado; es decir, el poder arbitrario nos quiere y está anhelante de incorporarnos, pero a través del silencio, la mentira, la hipocresía, el oportunismo, la doblez, la quiebra de cualquier independencia personal.

Más allá de lo anterior, también nos permite entrever que el poder es un acto de derroche, una especie de enormidad que se muestra, una explosión de histeria que exige ese acto paroxístico que es la celebración, la feria (con toda la presunta alegría que debiera acompañarla). ¿O es que acaso el paseo del rey con su hipotético gran traje no estaba acompañado del éxtasis y los vítores de la multitud? ¿Para qué si no todo el desgaste y gasto que significa organizar el desfile sino para confirmar –mediante la concentración obligatoria de los súbditos- que se conserva el poder y –mediante la alegría sobreactuada- que se respeta la ficción de que el poder es deseado por la población?

Lo tercero tiene que ver con el sujeto que habla, un niño y la pregunta en este caso sería: ¿por qué la verdad es develada por alguien que se encuentra en el extremo enteramente opuesto al rey, alguien sin poder, débil hasta ser el más fácil de destruir, completamente ajeno a cualquiera instancia de eso que denominamos “la cosa pública”? Si reconocemos la capacidad del soberano para con un acto de reconocimiento y desgarradura instaurar la verdad (decir, claramente, que no hay traje alguno y romper la cadena de fingimientos), entonces lo que el texto nos muestra es la enfermedad del poder; es decir, la manera en la que el poder autoritario (partiendo de una mínima mentira inicial) se constituye en la no-verdad y traspasa a su población semejante visión contaminada. Por tal motivo quien habla es justamente quien –en hipótesis- menores condiciones tiene para hacerlo; el más indefenso, quien no puede elaborar grandes discursos puesto que incluso le falta idioma, aquel cuyo proceso de razonamiento enseña la menor complejidad. Según esta lógica el relato todavía sigue destilando enseñanza, pues nos revela lo tenue que es la línea detrás de la cual comienza la degradación del poder (en este caso, una simple mentira que el rey convierte en verdad) y al mismo tiempo lo diminuta que es la palabra que sacude al poder, palabra que no precisa de elaboración majestuosa, sino solo ser portadora de verdad, la verdad más simple; en este caso, decir lo que todos niegan (que el rey está desnudo) porque participan de ello (la cadena del silencio que los conecta a todos por conveniencia o miedo). Finalmente el texto transita de la fantasía (el carácter mágico del traje) al grotesco (el paseo del rey al frente del desfile que organiza) y de allí a la absoluta carnavalización (la burla de la multitud-pueblo después que la voz del niño revela la desnudez del rey). Ese momento carnavalesco, ese pequeño punto de giro que debió de comenzar por una pequeña sonrisa velada e ir creciendo hasta explotar en una carcajada colectiva, ilustra la debilidad y fragilidad del poder (en especial, en el tiempo); o sea, la manera en que la vocación de perennidad (típica de los gobiernos autoritarios, los estados militares-burocráticos o las más despiadadas tiranías) es desecha por la risa compartida, risa que simbólicamente equivale a las oleadas de una multitud arremolinada, alimentada con el hastío de años, pero alegre en su infinita fuerza de destrucción y cambio, de buscar otra vida más sana.

La manera en la que el niño habla acerca del rey, mediante una exclamación de asombro, parece decir que –a diferencia del carácter de excepcionalidad absoluta que el soberano encarna en las estructuras de poder arbitrario- no es importante para nada hablar con el rey, sino que alcanza con la existencia de espacios en los que poder opinar a propósito de su conducta o ejecutoria; de hecho la fuerza dominante del relato, en ese final de carcajadas, no es del soberano, ni de sus cortesanos ni de los guardias, sino del pueblo mediante esa risa que desarma. Esto también nos habla del aparato formal de la comunicación, pues la condición sana de la palabra vuelve a ser (como en la concepción antigua de la democracia) la intervención en el demos, del ciudadano de menos poder (simbolizado por el niño), en la plaza pública y en condiciones de igualdad con el poderoso; en oposición a ello los ritos del protocolo cortesano (en cuanto a horarios, fórmulas de cortesía, obligación de manifestar respeto a la jerarquía, así como la definición de la forma, modo y lugar de realizar una intervención) son procedimientos dirigidos a evitar la erupción de esa palabra pública que –a fin de cuentas- es la única comprobación verdadera de la democracia. En este sentido, es delante del que habla más mal (en tono, amargura, inoportunidad, violencia crítica o rechazo al soberano y sus prácticas de poder), el más crítico, inculto, mal vestido, descompuesto, desagradable, incómodo o indeseado que la democracia es puesta a prueba.

A diferencia de los anteriores textos, uno que es un relato popular proveniente del folclor y el otro un cuento hecho por un escritor, la tercera de las historias que comentaremos es una tradición atribuida al emperador prusiano Federico el Grande, quien –aunque famoso por su dedicación y magnificencia para con las artes- también era célebre por sus ataques de ira. De él se cuenta que habiendo enfermado su caballo, que figuraba entre sus posesiones más amadas, y sabiendo que empeoraba sin remedio, ordenó que aquel que le diese la noticia del fallecimiento fuese ejecutado. A partir de aquí creció el temor entre quienes se encontraban próximos al soberano y ya se convirtió en verdadero terror cuando el animal de una vez murió; entonces, cuando ninguna esperanza quedaba y solo faltaba decidir quién sería sacrificado, un humilde palafrenero se brindó para llevar hasta el emperador la noticia infausta. El modo astuto en que consiguió escapar de la muerte fue ofreciendo a la figura de autoridad todos los elementos para que fuese ella misma la que, sin poder contenerse, pronunciase la frase definitiva; o sea, acumular tal cantidad de información crítica (el caballo no se mueve, no come, no bebe agua, no respira) que el emperador no tuviese otra salida que concluir (y enunciar) que entonces ello significaba que el caballo estaba muerto.

La anterior anécdota completa nuestro ciclo en lo que toca, si semejante ciencia existiera, a una analítica del poder. Como mismo en los ejemplos anteriores el relato comienza con el establecimiento de unas premisas, o por la descripción de un paisaje de orden que súbitamente es alterado; en cualquiera de los casos el evento que ocasiona el trastorno deja tras de sí un rastro de des-composiciones (roturas, aberturas, hiatos) equivalente al agujero por el cual se fugaba el pintor o la frase del niño que nos revela la desnudez del rey. La existencia satisfecha del rey queda destrozada por la presencia de una cuestión, la enfermedad del caballo, que se encuentra fuera de su control sin importar la cantidad de intimidación, la cantidad de poder, que en intentar solucionarla utilice; la cuestión, el trabajo de la enfermedad sobre el cuerpo (del animal), opera como un espejo de la ruina dentro del cuerpo mismo del gobernante: su límite vital como persona humana al mismo tiempo que el de sus obras y su proyecto. Por tal motivo, cuando el emperador impide (a precio de muerte) que se le informe sobre el fallecimiento del caballo, lo que en verdad prohíbe es la más diminuta referencia a su propia caducidad individual y a la destrucción (lo cual -al menos desde un punto de vista técnico- es siempre una posibilidad) de las maravillas construidas durante su ejercicio como líder del imperio. Desde este ángulo el poderoso distribuye, bajo la forma de miedo inculcado en los súbditos, exactamente el mismo miedo que tiene a simplemente desaparecer.

Los hechos que suceden –lo mismo con el rey desnudo que en la anécdota del emperador y su caballo- esbozan el contorno de la voz crítica en ambientes no-democráticos; en tal esquema, donde debiese haber espacio para la opinión de todos, solo le es posible hablar al inocente o al astuto, a quien apenas sabe verbalizar y a quien conoce las fórmulas para usar el lenguaje como artimaña. Lo curioso es que, a pesar de la indudable distancia entre ambas figuras, sus imágenes confluyen en los manejos de un tercer personaje que los contiene y unifica; me refiero al bufón, el más ambiguo de los sujetos en la corte, suerte de loco-sabio a quien le está permitido cruzar casi cualquier límite en su discurso (punzante, arriesgado hasta la insensatez, autoparódico y con clara inclinación al nihilismo y el caos) con tal de que haga reír al rey (o a los cortesanos más cercanos). La brillante mente del bufón descubre y sabe que esa falla en los paisajes políticos -a la cual hemos denominado “agujero”- está presente y tan elástico es su margen de maniobra que (donde los otros no pueden sino callar, incluso ante cualquier desastre evidente) de él se acepta (¡y hasta se estimula!) esa especie de crítica atomizadora que para hablar del mal lo rebaja hasta convertirlo en algo natural. La obligación de transformar el mensaje en un asunto cómico trivializa la alarma y, en general, deforma el contenido; mediante los procedimientos de esta comicidad compulsiva el carácter excepcional del mal (su cualidad de hueco o vacío en el paisaje) es diluido hasta acabar por integrarlo a los acontecimientos “normales” de la vida. No hay culpable, responsable ni localización concreta de los eventos, sino solo ciclos dentro de una larga deriva hacia el colapso; las vidas son sofocadas, las intenciones entran en parálisis, las parrafadas esquizofrénicas del bufón adquieren la categoría de texto sagrado y (repito que por conveniencia o temor) se extiende el silencio hasta que aparece la palabra que de-vela la situación.

La paradoja de semejante documento -acerca de lo cual decimos que es un texto sagrado (consagrado)- proviene de su absoluta falta de significación social al tiempo que de la encumbrada posición jerárquica de quien lo elabora y pronuncia; alguien que, sin la más diminuta cuota de poder, disfruta el privilegio de hablar en donde los demás se mantienen en silencio. Al mismo tiempo, dado que ya sabemos que se trata de habla no significativa (charlatanería, parloteo, basura) resulta una locuacidad vacía que enseña, mejor que cualquier prohibición, el asco del poder autoritario ante la palabra verdadera. De este modo, mientras que la simulación de verdad (encarnada en el bufón) es una condición necesaria para el poder autoritario, una suerte de espita a través de la cual las dinámicas (en especial, los mayores fracasos de la administración) son equilibrados, cualquier búsqueda de la verdad (no importa el campo en el cual sea, así como tampoco la profundidad del resultado) horada como un taladro la seguridad del poder. En esta ecuación trágica, a medida que aumenta la presión del poder para sobrevivir a toda costa más ocurre que cualquier pequeña irregularidad alcanza dimensiones cósmicas; en semejante orden cualquier voz crítica es extraviada en los laberintos de lo superficial e intrascendente, oficinas infinitas, quejas que nadie responde, justificaciones ridículas, hasta que –clamando en círculos- se desgasta y retira extenuada. Nada puede ser realmente criticado porque ningún culpable último puede ser nombrado, condición esta que se convierte en delirio si de criticar al soberano se trata; él -y todos los minúsculos señores que viven bajo su manto- se alejan más y más del pueblo al que más tarde convocan para todo tipo de acciones confirmatorias de que el poder sigue en su sitio. Todo es bufón.

Luego de haber recorrido este camino creo que podemos regresar al planteamiento que sirve como título de la presente intervención; dicho de otro modo, donde nos hemos acostumbrado a realizar preguntas en un sentido positivo, invertir el planteo para que nos revele cuáles deben ser las reglas que se hace necesario aplicar para que no exista debate. Suponiendo que el error, la deformidad, discontinuidad, fractura, vacío, violencia, injusticia, manipulación, mentira, silencio (o cualquier otro elemento lesivo para el organismo social) generen habla crítica (desde el descontento apenas mascullado hasta el documento escrito o el grito), ¿cómo impedir la existencia de esa verdad incómoda que muestra la desnudez del rey? En este punto, asumiendo que el no-democratismo y la expresión autoritaria son síntomas de enfermedad, parece sensata la intención de proponer la mención de algunos de estos; de esta manera, como mismo hicimos con el “agujero” en el cuadro del pintor, partiendo de la descripción de un ambiente viciado esbozaremos el contorno de lo deseable. Entonces, según cuanto hasta aquí hemos dicho, el procedimiento perfecto para impedir el debate debe de concentrar las siguientes características:

. El poder arbitrario, sin importar la variedad de la cual se trate (autoritarismo carismático, estado militar-burocrático o simple tiranía) busca, implanta y se sustenta en la asimetría como su sangre y su respiración. Si bien es claro que todo poder es relativamente asimétrico (el líder y sus colaboradores cercanos “pueden” –hacer, tomar o decidir- más que el resto de la población), la correlación se torna enfermiza cuando por encima de la vocación de servicio predomina la voluntad de dominio. Aquí nada peor que la impaciencia, en cuanto manifiesta la contradicción entre la tarea (en la cual aparece expresada la voluntad del poder, sus intenciones, su proyecto, su deseo) y la opinión (por ser esta la forma o modo mediante el cual es puesta en escena la voz de la sociedad respecto al contenido de eso a lo cual hemos llamado la tarea, los procedimientos para alcanzarla, las consecuencias que de ello derivan, así como las acciones que se precisan para corregir –en los distintos grados que sea necesario- la formulación inicial o determinar que se ha cometido un error tal que la estructura misma debe de ser cambiada.)

. Si a una formulación democrática corresponde un modelo en cual la opinión es siempre escuchada y su valor tenido en cuenta para toda decisión, muy especialmente aquellas que tratan de introducir correcciones dentro de eso a lo cual hemos denominado la tarea, la esencia del poder arbitrario es rebajar, cooptar y diluir cualquier opinión a la que considere (en el grado que la autoridad estime) de signo (abierta o veladamente) contrario. En atención a ello, al solidificarse dicho proceder como estilo (de administración y de dirección) los estamentos todos en la enorme pirámide del poder (dentro de un país) actúan de idéntica forma; peor aún, puesto que los escalones más bajos están siempre expuestos al control y/o vigilancia de toda la cadena superior, arriesgan menos e impiden (de modo casi rutinario) cualquier participación activa general (uno de cuyos elementos fundamentales no puede sino ser el despliegue de la opinión.) De esta manera, las condiciones para el cumplimiento de la tarea conspiran contra ese propio cumplimiento y lo tornan, finalmente, imposible.

. Las autoridades de más elevada jerarquía están exentas de toda crítica y son ajenas a cualquier conexión con cualquiera evento de la vida inmediata y concreta; esto se manifiesta como verdad absoluta a medida que nos acercamos a la autoridad última, no importa si líder o soberano, quien habita en un limbo de intemporalidad y distanciamiento. Lo anterior, obviamente, implica la prohibición de nombrar al soberano (por ejemplo, justo lo que hace el niño de nuestro cuento). Aquí vale la pena precisar que la estructura global es mimética respecto a los estilos del soberano (cuyos modos deforman la totalidad que se le subordina); o sea, que no hay sentido en imaginar una base democrática dirigida por un pequeño grupo de anti-demócratas autoritarios o viceversa. En términos clásicos, base y superestructura son el uno reflejo del otro y se complementan.

. El silencio, la mentira, la simulación, la doblez y la manipulación son consustanciales a los poderes no-democráticos y autoritarios; desde los escalones más bajos hasta el salón donde se encuentra el trono del soberano. Todos saben que el caballo del emperador ha muerto, pero no se atreven a decirlo; todos saben que no existe traje alguno y que el rey va desnudo, pero callan.

. Las presiones, la arbitrariedad y el abuso deben ser naturalizados para que formen parte de la vida “normal” de los individuos; semejante supresión de las libertades mínimas del súbdito y normalización de las más diversas formas de injusticia es conseguida (por lo general) a nombre de una causa mayor y nunca mostrando la violencia (caprichosa y egoísta) de que es portadora la voluntad de dominio del soberano y su equipo.

. Para que la existencia sea un tejido de silencio, mentira, simulación, doblez, manipulación, presiones, arbitrariedad, abuso e injusticia es condición imprescindible que el súbdito sienta miedo (a perder algo íntimo y amado) en caso de hablar y alzar la voz crítica. Dicho de otro modo, tiene que ser muy elevado (casi al nivel de la completa seguridad) el temor a ser golpeado, expulsado del trabajo, encarcelado, humillado de manera pública, torturado, mutilado e incluso muerto. A todas luces de lo anterior se deriva la obligación de obstruir, por los más disímiles métodos, la búsqueda de verdad acerca del estado de la sociedad (y del poder mismo, su estilo, sus prácticas, sus errores, sus crisis, sus fracasos, su degeneración, su declive, su demencia o la posibilidad de su sustitución) así como –finalmente- impedir la circulación y exposición pública de dicha verdad.

. El deseo de verdad debe ser desviado (hacia el laboreo con minucias de escasa significación y proyección) o castigado de modo desmesurado; el abanico entre ambos puntos es enorme y queda a disposición de la nube de funcionarios existentes. Una técnica que da excelentes resultados es la de rebajar la intensidad y hondura de las discusiones hacia aspectos técnicos de difícil o casi imposible comprensión o solución, que demorarían decenios en ser completamente analizados y resueltos, o hacia cuestiones que –pese a aparentar algún tipo de avance- apenas tienen importancia práctica; por ejemplo, donde se plantean temas centrales de la vida en la ciudad desviar los argumentos hacia el color con el cual será pintada, en los meses de verano, la parte superior de los postes de electricidad. En cuanto a la desmesura del castigo es buen par de ejemplos la situación del pintor (condenado a morir si no consigue pintar el más bello cuadro que haya existido jamás) y la de los cortesanos y súbditos del emperador en la anécdota del caballo enfermo y muerto (condenados a muerte si avisan al emperador del fallecimiento del animal). La enormidad de lo que se le pide al pintor ilustra que también la demanda es desmesurada; la diferencia inconmensurable entre la vida humana y la un animal enseña que -para ese poder arbitrario- la vida humana solo es otra cifra en el devenir de violencia.

. El verdadero arte de la asimetría consiste en ir más allá del miedo (demasiado brutal y evidente), de manera que el súbdito internalice y desee la excepcionalidad del soberano y su gobierno, su séquito de servidores cercanos e incluso cualquiera de los directivos (sin que interese el nivel en el cual encuentran) en la administración. Este es el verdadero estado ideal y cuando a él se arriba hay paz. Si bien colmar de privilegios a los colaboradores cercanos es circunstancia propia de la asimetría, el secreto de la dominación descansa en su reverso: distribuir desaliento para las voces críticas; para semejante tarea el poder dispone del enorme (y paradojal) archivo cínico de cuantos han sido impedidos en su ilusión de cambiar. Toda la documentación o memoria de anteriores esfuerzos abortados opera como una profecía orientada a disuadir la acción transformadora (aunque esta solo sea una mínima queja para saber que no hay felicidad alguna que agradecer o disfrutar); por este camino nihilista nada va a cambiar porque nunca ha sido posible cambiar nada. El mencionado proceso de internalización es perfecto cuando los posibles opinantes se convencen de que toda intención de autonomía, independencia de criterio, salida del coro, es estéril; el efecto combinado de ambas fuerzas en la vida del individuo moldea (tal es la pretensión) un sujeto acrítico, sin más horizontes que aquellos que el poder postula, fascinado (casi de manera sexual) con la penetrante violencia que lo rebaja como individuo.

. Los guardias del emperador chino, los aterrados servidores del emperador alemán y los cortesanos que describen la belleza del traje inexistente en el cuento del rey desnudo son representación de la capa de funcionarios y soldados sin la cual el poder arbitrario no se sostendría. Para ellos son posibles posiciones de lealtad ideológica, participación forzosa o simple corrupción (lealtad comprada); en última instancia, lo que precisa de ellos el poder que describimos es la disposición a fingir, desviar, mentir abiertamente, difuminar, castigar o reprimir cualquier disenso, pasar a la violencia viciosa e incluso asesinar (hasta de manera masiva) o apoyar –de modo tácito o expreso- el abuso y el crimen. En una sociedad moderna estos estamentos incluirían lo que Althusser denominó los “aparatos ideológicos del Estado”; dentro de ellos la prensa (en sus varios formatos) ocuparía un primerísimo lugar lo mismo que las instituciones educativas y el trabajo de ese sector al que llamamos “los intelectuales”. La pobreza, la precariedad de la existencia, la dificultad para el ascenso social, la escasa mención, las presiones, la vigilancia, el daño (físico o mental) son precios que están destinados para la voz crítica (o, sencillamente, independiente) en situaciones como las descritas; contrario a ello, en una manifestación más en el tejido del no-diálogo, las puertas siempre están abiertas para la persecución del privilegio y la mudanza a los espacios de goce que – para sus elegidos- propicia el poder. Según esto, las decisiones de los individuos (en el abanico que va del abierto rechazo al murmullo) adquieren un evidente carácter moral.

. Puesto que los anteriores puntos el individuo los vive como actuaciones en simultaneidad y entrelazadas entre sí, es justo afirmar que la existencia toda transcurre dentro de la suerte de entramado rodeante que en tal modo se constituye; dicho entramado, cuya capacidad y acción asfixiante depende del tamaño de aquello a lo que hemos llamado “agujero”, no posee afuera alguno, sino solo mínimos puntos de escape, túneles por los que se avanza a zonas de menor presión (sofocación). Dicho de otro modo, prisionero de su propia cadena de mentiras y represión (como dos caras de una misma moneda), el poder arbitrario nunca cede poder, sino que progresa –por el camino contrario- en dirección a la implementación de mayores vigilancias y castigos hacia una vida aún más sofocada.

Si las anteriores son condiciones necesarias para que no exista debate, si cubren (a la manera de entramado) la totalidad de la vida, ¿es posible hablar? ¿Acaso tiene algún sentido? La anécdota del emperador y su caballo nos enseña que el poder arbitrario es derrotado por la astucia; el cuento del emperador y el pintor, que hay un precio que pagar por la defensa del derecho a opinar (pues la huida del pintor hacia el interior del cuadro simboliza la entrega máxima, la de la vida, con tal de mantener la independencia frente al poder); finalmente, la fábula del rey desnudo nos conduce hasta la palabra que descubre la mediocridad del poder y al instante de carnavalización a partir del cual desaparece el miedo compartido y el cambio está a punto de ocurrir.

Claro que sé que el régimen enteramente democrático, sin espacios oscuros u ocultos, sin violencia alguna en contra de los ciudadanos, insuflado por una permanente vocación de servicio al pueblo invocado, transparente y receptivo a crítica incluso en sus lugares jerárquicos más encumbrados (en fin, todo eso que avizoro como oposición al poder arbitrario) es una construcción por entero utópica; pero la creación de espacios democráticos es un proceso de exploración cuya meta principal es abrir la posibilidad, sentar las bases, para que tales calidades de la vida se manifiesten. Nada está dado ni es definitivamente firme, sino que a cada nuevo paso se corren riesgos, se reconfigura la realidad que rodea y son concebidos mundos nuevos de mayor riqueza para la persona humana.

El carácter abierto y probabilístico de la cotidianeidad considerada como un proceso de construcción de futuros es ilustrado por la conocida fabula de Esopo en la cual un grupo de ranas, que sin gobierno alguno vivían en un charco, piden a Zeus (dios de todos los dioses), que les envíe alguna autoridad que organice el lugar y a la cual brindar obediencia. De repente, cae en el agua un tronco de árbol cuyo estrépito hace a las ranas esconderse despavoridas hasta que, minutos más tarde, comprenden –por ridículo que les parezca- que esa extraña y silenciosa presencia es el gobernante que tanto han deseado; a partir de aquí, en una especie de doble burla (al tronco de árbol y, de modo implícito, al mismo Zeus), las ranas se encaraman en el tronco y se burlan. Aburridas finalmente, envían a Zeus otra petición, ahora para que les cambie el rey inmóvil y patético por otro que demuestre el grado de actividad e interés por las ranas que estas creen merecer. Es entonces que Zeus manda al charco una serpiente de agua que persigue a las ranas y –en esa despiadada lógica del choque entre fuertes y débiles en la Naturaleza- las come una tras una.

El conjunto de ranas espantado de vivir en el caos, necesitado a la vez que deseoso de liderazgo, parece referirse al miedo en el individuo humano de encontrarse con su animalidad; es decir, con las circunstancias (cualquier tipo de presión lo bastante extrema) que pudieran conseguir tornar frágil el tejido de la civilización. Préstese atención a que en la fábula ninguno de los habitantes del charco (presuntos ciudadanos) es lo bastante respetado, capaz y diferenciado como para que la comunidad decida investirlo con la condición de guía; en paralelo, tampoco se infiere que haya dinámica colectiva alguna (por ejemplo, no un líder único, sino los más ancianos) que regule la existencia. Por ello no queda otro remedio que figurarnos un paisaje en el cual de forma cotidiana –y muy especialmente en los momentos de crisis (sequia u otra condición parecida) deben de pasar a primer plano la injusticia, la violencia y, en general, el uso de la fuerza.

La pareja de extremos encima de los cuales es montada la fábula nos enseña, de modo metafórico, el funcionamiento de los polos opuestos del poder: la pasividad criminal (en donde la indolencia, la ausencia de proyecto, la impunidad, la destrucción de los vínculos societales y lo opaco son las directrices del gobierno) y la violencia criminal propia de la tiranía (donde la implementación, bajo directrices totalitarias, de mecanismos de vigilancia, coerción, persecución y castigo es uno de los contenidos básicos del arte de gobernar). Al dibujar este par de estadios radicales que se anulan entre sí, la fábula deja abiertas las puertas a la imaginación de un tercer escenario donde se encontraría el buen gobierno y, con una suerte de guiño de ojo implícito, luego de deslizar esta sutil sugerencia, se detiene. Nada nos es dicho de lo que pueda ser tal mundo deseado ni sobre cómo llegar hasta él y ni siquiera hay las más ínfima garantía de que podamos alcanzarlo; contrario a ello, y tomando como base para el análisis lo que sí resulta transparente en el relato, encima de nuestras cabezas (en cualquier momento) pende la amenaza de una deriva hacia la pasividad autodestructiva o hacia el salvajismo de la tiranía. La construcción de ambientes democráticos se manifiesta, únicamente, cuando predomina el rechazo colectivo a ambos polos negativos, no como un horizonte lejano, sino como un acto diario de la voluntad, la entrega y el esfuerzo; es decir, como puestas en escena del debate, la participación y el activismo social, cuya esencia aflora en los actos insignificantes, habituales, diminutos. En contraste con los instantes de obediencia compulsiva, sugestión en bloque o de respuesta emocional, es aquí –en la virtual invisibilidad de la respuesta humana a ese bajo e íntimo nivel- donde realmente se ven y son puestas a prueba las virtudes y fortalezas del vivir democrático. Es por ello que la renuncia o la búsqueda, el desvío y la pérdida o el reencuentro con el sentido, la soledad o el anudamiento solidario, la palabra que enmudece o la voz que habla, el sacrificio, la esperanza, la aventura y el dolor o alegría, son –entre otros muchos- los hermosos peligros de la libertad, el más preciado de los bienes humanos.

 

Primavera en Miami con una esquina rota
por Yasmín Portales Machado

Salí del aeropuerto de Miami muerta de hambre, como es usual.

No por los 45 minutos de vuelo, sino por las tres horas que pasé en el aeropuerto de La Habana, más una hora (de pie) en el control de aduanas norteamericano. Suman unas cuatro horas adicionales al tiempo de viaje real. Los vuelos internacionales cortos ponen al descubierto cuánto tiempo se gasta en seguridad en el mundo post 11 de septiembre.

Yo no tengo nada en contra de la seguridad aérea, pero si contra los precios de las cafeterías del “José Martí”. También agradecería un puestecito de perros calientes –con sus refrescos y su opción vegetariana– en el control de fronteras norteamericano. Podrían girar las ganancias a los fondos para la lucha contra el terrorismo, a la que es tan aficionada Washington.

La diferencia estaba en que este viernes 14 de marzo llegué para quedarme en la ciudad, y el nerviosismo por lo que haríamos era cosa compartida con mis compañeros de vuelo: los editores de Espacio Laical. Nada más y nada menos que una conferencia en Miami contra el Bloqueo organizada por CAFÉ, FORNORM, Generación Cambio Cubano, Cuba Educational Travel y apoyo del Latin American Working Group.

Se sabe, o se supone, que Miami es la base de operaciones de la parte más conservadora y rica de la comunidad cubana en Estados Unidos. Está documentado que aquí cocinó la CIA muchas operaciones encubiertas contra Cuba. También que hay gente que vive, literalmente, del Bloqueo y la Ley de Ajuste Cubano –gracias al contrabando de productos o personas–, y de los fondos del gobierno federal para “promover la democracia” en Cuba.

Sobre todo, Miami es un lugar cuya intolerancia política muchas personas comparan con La Habana, con el Miami Herald en lugar del Granma, Ileana Ros por Fidel y Vigilia Martiana como los CDR.
Ya instalados en el hotel Sofitel, nos pusimos al día con los ajustes impuestos al programa. El jueves en la tarde, el Departamento de Estado negó la visa a Jesús Arboleya, invitado como especialista en relaciones bilaterales, y, también a última hora, el permiso a moverse hasta Miami al Jefe de la Misión Cubana en Washington. No creo que el segundo aportara gran cosa al debate, pero jode que te hagan gastar tiempo y dinero para recordarte, cuando ya no hay margen de maniobra, el poder de los gobiernos sobre las voluntades de las personas.

Pasamos la noche recortando cartoncitos con los nombres de las personas inscritas y metiéndolos en sobres de plástico con prendedores. Además repasamos los menús, mi ponencia, la ropa y los comentarios sobre la conferencia en la red.

Debo confesar que no esperaba que viniera tanta gente con actitud positiva, ¡más de un centenar! Solo un hombre llegó, dejó unos volantes denunciándonos por apoyar a la “dictadura castrista” y se retiró. Con un respeto que guardo como ejemplo para mi praxis futura, los organizadores dejaron los papeles disponibles para quien quisiera leerlos.

Las presentaciones tuvieron gran variedad temática, de la historia del restaurant Doña Eutimia –de vender cajitas de comida a ser recomendado por Newsweek como uno de los 101 mejores lugares para comer del mundo–, hasta cómo la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA) pactó con Ronald Reagan el financiamiento de sus acciones terroristas a cambio del apoyo contra Nicaragua. Por el camino se habló del intercambio académico, los artistas cubanos, la importancia de inscribir votantes y recaudar fondos para que los políticos vean las ventajas de mejorar las relaciones con Cuba… hasta de la reconciliación por encima de eventos tan traumáticos como la Operación Peter Pan.

Las intervenciones sobre los intercambios pueblo a pueblo y el papel de la comunidad cubanoamericana fueron muy ilustrativas. Collin Laverty, Hugo Cancio, Silvia Wihelm y Geoff Thale hicieron un balance sobre sus valores, los límites legales de estas iniciativas y los recursos posibles para ampliar sus marcos de aplicación. De todos modos, hay consenso en que el objetivo final es que todo esto desaparezca, que la misma proliferación de los viajes resquebraje la política del Bloqueo.

Lo más instructivo para mí, fue la exposición de Guillermo Grenier sobre los resultados de la encuesta sobre las Relaciones Cuba – Estados Unidos. Fue realizada por el equipo bipartidista FM3 (firma de investigación de opiniones demócrata) y Public Opinion Strategies (la mayor firma republicana de encuestas del país) en enero de 2014 para el Atlantic Council.

Aprendí desde un ángulo completamente nuevo. No se trataba de sentimientos, deseos, experiencias (impugnables por puntuales), relatos sobre intrigas entre poderosos. Esto son números, una investigación con metodología clara y márgenes de error calculables. Esto es concreto y actual. Además, de la excelente exposición del profesor Grenier, acompañó las tablas con explicaciones sencillas de los procesos, basadas en su experiencia personal como investigador de las actitudes políticas de cubanoamericanos desde 1991.

Personalmente, lo que más me conmovió fue la participación de Antonio Zamora. Soy hija de un ex–miembro de la Marina de Guerra Revolucionaria, discípula de Eduardo Heras León y Fernando Martínez Heredia, a los cuales Girón cambió la vida. Darme cuenta de que compartía tribuna y ciertos objetivos con un integrante de la Brigada 2506 y fundador de la FNCA fue como un mazazo en la cabeza.

En su presentación, Zamora explicó que dejó la FNCA tras la sobrevivencia del régimen cubano al colapso de la URSS y sus satélites. Ante tal desastre en sus cálculos, revisó lo que creía saber sobre Cuba y acabó viajando a la isla en 1994: concluyó que no sabía nada sobre la Cuba real.

Hubo mucho debate. Dentro del salón, para los diversos paneles, y fuera, en corrillos de interés específico. La mayoría de las preguntas que escuché eran muy meditadas y respetuosas. Como casi siempre en reuniones de corte general, la cosa tiró más a la geopolítica y el comercio que a los problemas de las minorías –religiosas, raciales o sexuales. Igual, hubo una línea constante de inquietud sobre cómo articular la defensa de los derechos humanos para todas las personas a través de los cambios económicos que se vienen.

Comimos en el Versalles, se llaman el restaurante cubano más famoso del mundo, pero están en Miami… En realidad es una situación profundamente cubana.

El domingo, febril por un nuevo catarro y evocando el excelente arroz imperial, publiqué la ponencia en el blog y respondí un cuestionario de Sandra Álvarez sobre la experiencia para On Cuba.
Regresé a casa el lunes, asombrada por el servicio en el aeropuerto de Fort Lauderdale y el equipo de Xael Charters.

Hasta aquí todo muy lindo ¿no? Lo que empañó el idilio fue el silencio mediático. Allí estaban Voice of Russia, Reuters y otras agencias de prensa internacionales, pero de quienes informan a Miami, solo Progreso Semanal y Martí Noticias –quiero agradecer la seriedad de su nota. Más tarde, Miami Herald publicó un texto totalmente distorsionado (hablando del Granma).

¿Dónde estaban UNIVISON y CNN en Español? ¿Por qué ignorar una conferencia sobre Cuba si Cuba es casi “el tema” en el sur de la Florida?

Mientras, Cubadebate y Juventud Rebelde publicaron una nota de 318 palabras de Prensa Latina. No menciona que cuatro residentes en Cuba fueron. ¡Ni siquiera sacaron filón de que le negaron la Visa a Arboleya!

Cubadebate llegó a la vergüenza de insertar una foto de un acto de solidaridad con Cuba en Madrid –la incongruencia fue denunciada por el comentarista “gilberto” y la imagen eliminada. Todavía hoy incluyen un video protagonizado por Daniel Keohane, del think tank europeo FRIDE ¿alguien me lo explica?

Pasé el fin de semana en Miami, ¿qué les parece? Hablamos de Cuba, de lo malo e inútil del Bloqueo, y ni Vigilia Mambisa apareció. Yo, ex–militante de la UJC, le di la mano a un hombre de la Brigada 2506.Estamos de acuerdo en que nuestro país no necesita los permisos de Estados Unidos para existir.

Andaba por las nubes. Los silencios y las medias verdades de los medios de prensa más interesados en Cuba me devolvieron a la tierra. Esto es una primavera con una esquina rota, sin dudas. Bueno, ¿cuándo las esquinas rotas detuvieron alguna cosa en Cuba?

 

ZunZuneo, el extraño nombre de un fracaso
por Rosa Miriam Elizalde

“Bay of Tweets”, tituló el prestigioso Politico Magazine una nota sobre el sonado fracaso del proyecto ZunZuneo para el “cambio de régimen en Cuba” vía teléfonos celulares y redes sociales. El diario on line parodia otro épico desastre de EEUU, el que tuvo lugar en abril de 1961 en “Bay of Pigs” -“Bahía de Cochinos” para los norteamericanos; Playa Girón para los latinoamericanos-, y el juego de palabras no es gratuito: este escándalo desborda las acciones de guerra contra Cuba. Ha estallado directamente en la cabeza de los activistas de todo el mundo que utilizan Twitter y otras herramientas digitales para organizarse verdaderamente contra el poder, usualmente en naciones aliadas de los EEUU.

Y subrayo “verdaderamente”, porque ya se sabe que también EEUU tiene sus tuiteros y blogueros favoritos, creados en virtud de planes tan fraudulentos y fantasiosos como el ZunZuneo –las evidencias abundan, por ejemplo, en Wikileaks.

Lo que nos dice esta nueva aventura encubierta de la USAID es que, además de espiar a medio mundo y convertir a cada internauta en un blanco fácil de la Agencia de Seguridad Nacional, como pedagógicamente nos recuerdan los documentos de Edward Snowden, el gobierno de EEUU tiene la capacidad de construir potentes herramientas virtuales en un limbo tecnológico y financiero, embasurar la red de telefonía móvil de un país con mensajes no solicitados, y parcelar a los usuarios de una comunidad digital, como si fueran ganado, en unas bases de datos que permiten diferenciar a cada cual por sus intereses políticos, sin el consentimiento de estas personas. Y, por supuesto, sin advertir que es la administración norteamericana la que está detrás del proyecto y que el objetivo final de la “operación” es “renegociar el equilibrio de poder entre el Estado y la sociedad” donde viven estas personas, según el documento de la USAID citado por AP.

Esto, como dice Politico Magazine, es escandaloso, además, porque no hay manera de evitar que todas las plataformas para las redes sociales queden inevitablemente bajo sospecha de intervención política del gobierno de los EEUU, y porque este pudiera convertir en tontos útiles a los activistas sociales que las utilizan, cuando no en traidores a los intereses de su propio país. Sin embargo, ni AP, que lanzó sobre la mesa más de mil páginas de la operación encubierta de la USAID contra Cuba, ni otros analistas que la han abordado, ponen en perspectiva este asunto. El ZunZuneo no es un meteorito que salió de la nada, ni una manzana envenenada solo para la Isla del Caribe que humilló a los yanquis en Girón.

Algunos antecedentes

Hay una amplia y documentada evidencia del financiamiento y puesta en práctica los esfuerzos de EEUU para destruir el gobierno cubano, que han incluido, como recuerda Político Magazine, “intentos de invasión, contratos con la mafia, tabacos envenenados y trajes de neopreno, y transmisiones de televisión pirata”, y que no se detuvieron en la era de Internet ni ante violaciones flagrantes de la legalidad cubana e internacional, como prueba el caso del agente estadounidense Alan Gross. (Como se conoce, Gross fue arrestado en diciembre de 2009 en La Habana, tras instalar una red fuera del control de las autoridades cubanas, y esta misma agencia del ZunZuneo, la USAID, al amparo de la legislación que promueve el cambio de régimen en la Isla, le pagaría por este servicio $590.608,00).

A partir de documentos desclasificados de la administración estadounidense, el periodista norteamericano Tracey Eaton desde hace varios años registra en su blog Cuba Money Project el destino de una parte de los fondos del gobierno de los Estados Unidos para la subversión en Cuba. Entre los documentos publicados en esta web se encuentra una copia de la auditoría de los gastos del Departamento de Estado (DOS, por sus siglas en inglés) realizada por Just the Facts, una entidad civil que audita los gastos del gobierno de los Estados Unidos para la Defensa y la Asistencia de Seguridad en América Latina y el Caribe. El DOS destinó 200 826 000 dólares en programas de subversión contra Cuba desde 1997 hasta 2011, de acuerdo con Just the Facts.

Quien siga con detenimiento las partidas de estos fondos millonarios, descubrirá una interesante tendencia: desde el 2003 hasta la fecha, los proyectos más favorecidos son aquellos que intervienen en el escenario digital del país, donde concurren fundamentalmente los jóvenes cubanos, educados para el uso de las llamadas nuevas tecnologías. Sin embargo, esto convive con el cierre de toda posibilidad de que Cuba pueda recibir beneficios económicos de la Internet. Hasta mayo de 1994, EEUU bloqueó para Cuba el acceso a sitios norteamericanos de Internet, bajo una política de “filtración de ruta” de la National Science Foundation (NCF), y no es hasta octubre de 1996 en que finalmente la Isla se enlaza a la red internacional. En esa fecha se hizo efectivo el permiso para enlazar a la Isla a la red internacional, establecida en la Ley de la Democracia Cubana (Cuban Democracy Act o Ley Torricelli) de 1992, aún vigente, cuyo objetivo explícito es “democratizar la sociedad cubana”, e impuso límites y sanciones para las personas naturales o jurídicas de los EEUU que favorezcan el comercio electrónico, el turismo o cualquier otra área que genere beneficios económicos a Cuba, incluyendo la provisión de tecnologías. Prohíbe inversiones en “las redes de comunicaciones domésticas dentro de Cuba”, en particular “la contribución (incluida la donación) de fondos o de cualquier cosa de valor… y el otorgamiento de préstamos para ese fin” (U.S. Department of Treasury, 1992).

A fines de los 90 del siglo pasado y principios del actual, resultaron determinantes para desatar alarmas en Washington las ideas de Fidel Castro a favor de la conectividad social y una práctica favorable al acceso pleno al conocimiento y el uso de las redes informáticas, que se expresó con la creación de Infomed[1], la reanimación de los Joven Club de Computación[2], el impulso de la conectividad en varios sectores de la sociedad y los preparativos para la creación de la Universidad de Ciencias Informáticas de La Habana, fundada en el 2002.

Cuba fue el tema principal de una audiencia del Comité selecto del Senado sobre Inteligencia, que trató el tema de “la amenaza mundial” en febrero de 2001. El director de la Agencia de Inteligencia de la Defensa (DIA), Almirante Thomas R. Wilson, identificó al gobierno cubano como un posible “ciberatacante”, el primer país de la historia que ha sido acusado como tal (Eriksson y Giacomello, 2007: 67). Unos meses después, en mayo de 2001, Geoff Demarest, de la Oficina de Estudios de Ejércitos Extranjeros (Foreign Military Studies Office), adscrita al Departamento de Defensa, publicó un análisis sobre la “Transición en Cuba” donde admitía que “la alfabetización informática está generalizada en la Isla”, los “cubanos podían sacar ventaja” de la Internet y “si el pensamiento (del gobierno de EEUU) era acelerar la transición de Cuba a la libertad (gracias al acceso concedido con la Ley Torricelli), esto no funcionó” (Demarest, 2001). Los halcones del Pentágono habían llegado a la conclusión de que si la Isla seguía la estrategia del acceso a la red, estaría en condiciones a corto plazo de dar un salto en su desarrollo tecnológico, científico y económico, y en la expresión política a partir de la apropiación de la nueva tecnología.

Esta actitud defensiva comenzó a reajustarse a partir de 2003, con la escalada de las tensiones entre Cuba y EEUU en el contexto de la guerra en Iraq y las provocaciones y amenazas del gobierno de George W. Bush contra la Isla, que obligó a la dirección de la Revolución a concentrarse en este escenario. Sopesaron además las limitadas inversiones en la extensión de la red, la divulgación de regulaciones ministeriales que acotan el acceso, la escasa o nula conexión fuera de las instituciones, los altos precios del servicio de conectividad en centros turísticos y cierta sobredimensión de la percepción de riesgo de la Internet.

A fines de ese año irrumpió la matriz mediática que presenta a Cuba en la lista de los “enemigos de la Internet”, de cara a la primera fase de la Cumbre de la Sociedad de la Información, celebrada en Ginebra en diciembre de 2003. La decisión de crear una red ilegal para la Isla impulsada desde territorio estadounidense, trascendió por primera vez en el Informe de la Comisión para la asistencia a una Cuba Libre, de la Administración Bush (Bush, 2004), que el 6 mayo de 2004 contemplaba “alentar a gobiernos de terceros países para que brinden acceso público a Internet a los cubanos en sus misiones diplomáticas en la isla”. La actualización de este Plan (Bush, 2006), anunciado por George W. Bush el 10 julio de 2006, avanzó aún más en este camino al centrar su estrategia en la decisión de “romper el bloqueo informativo”, para la cual otorgó 20 millones de dólares anuales al Departamento de Estado, dedicados fundamentalmente a proporcionar “información no censurada a través de emisiones convencionales y vía satélite e Internet”.

El 14 de febrero de 2006 la Secretaria de Estado Condoleezza Rice creó oficialmente el Grupo de Trabajo para la Libertad de la Internet Global (GIFT, siglas en inglés de Global Internet Freedom Task-Force), que tiene entre sus objetivos principales monitorear a Irán, China y Cuba las 24 horas del día y elaborar estrategias específicas para estos países en la Red de Redes, con la capacidad de convocar equipos multidisciplinarios que puedan hacer viables las decisiones del gobierno estadounidense y que sean capaces de crear, entre otros recursos, herramientas altamente especializadas contra “la censura”.[3]

Hillary Clinton, quien reemplazó a Condoleezza en el cargo, aseguró en un discurso sobre la libertad de Internet pronunciado el 21 de enero de 2010, que el Departamento de Estado estaba trabajando “en más de 40 países para ayudar a personas silenciadas por gobiernos opresivos”. Añadió que había dado la orden de revitalizar el GIFT, “como foro para abordar las amenazas a la libertad de Internet en todo el mundo, e insto a las empresas y medios de los EEUU a asumir un papel proactivo para desafiar a los gobiernos extranjeros que practican la censura y la vigilancia” (Clinton, 2010). El GIFT estuvo activamente vinculado a la llamada “Revolución verde iraní”, una campaña a través de Twitter contra las elecciones en Irán en la que se demostró que de los 10 000 usuarios de esa plataforma que enviaron algún mensaje durante la “rebelión”, solo 100 estaban realmente ubicados en el país islámico (Schectman 2009). Este Grupo de Tareas recibió en el 2010 el nombre de NetFreedom (U.S. Department of State 2010) y sigue siendo clave para adjudicar fondos, “construir” líderes locales y generar proyectos contra el gobierno de la Isla en el espacio digital.

Desde el 2008 y de manera sostenida, el gobierno de EEUU ha dirigido hacia el ciberespacio cubano la mayoría del presupuesto público destinado a la política de “cambio de régimen” en la Isla. Las nuevas regulaciones emitidas en septiembre de 2009 por la Oficina de Industria y Seguridad (Bureau of Industry and Security) crearon una excepción a la licencia de exportación a Cuba para “dispositivos de comunicación donados”, que incluyen teléfonos celulares, tarjetas SIM, PDAs, computadoras portátiles y de escritorio, USB flash drives, equipos Bluetooth, y dispositivos de conexión inalámbrica a Internet (routers wireless) (Department of Commerce, 2009). La Heritage Foundation recomendó al gobierno demócrata en marzo de 2012 crear servicios y tecnologías informáticas específicas para Cuba que permitan cumplir estos objetivos, en particular el empleo de antenas super-WiFi[4] desde territorio estadounidense que faciliten la conexión a Internet (Walter y Wachtenheim, 2012), controlada mediante claves de acceso y sin correr el riesgo de enviar a agentes que puedan terminar en la cárcel, como Alan Gross.

A pesar del éxito del bloqueo desde Cuba de las señales de Radio y Tele Martí, que ha generado polémicas dentro de Estados Unidos, recortes en el presupuesto a estas emisiones e incluso llamados a cerrarlas, existe consenso de que con el desarrollo de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs), es posible proveer instrumentos que logren intervenir los sistemas de comunicación cubanos, creen tensiones políticas internas y articulen la opinión pública contra la Revolución, favorecidos por una red nacional ya muy permeada por las influencias de las redes internacionales, que logran imponer sus agendas informativas a contracorriente de lo que se divulga o no en los medios cubanos.

El proyecto encubierto de la USAID contra Cuba es uno de tantos que el gobierno norteamericano ejecuta con dinero de sus contribuyentes. Las evidencias las aportan documentos e investigadores de ese país, pero están dispersas y rara vez se hilvanan, porque para eso habría que seguir el consejo que “garganta profunda” dio a los periodistas del caso Watergate: síganle la pista al dinero. O respondan, al menos, aquellos que quieran de verdad dar en el blanco y hacer estallar un escándalo que no se olvide antes de la próxima semana: si este ZunZuneo costó un millón de dólares, ¿en qué se han empleado los 199 millones restantes que develó la investigación de Just the Facts? ¿Qué otras partidas están ocultas? ¿En qué se utilizan?

Conectividad efectiva

Este ZunZuneo no está desarticulado de un programa más amplio para América Latina. Llama la atención que nadie ha reparado en una operación especial aprobada por el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, cuyo objetivo es “expandir” los Nuevos Medios Sociales en el continente enfocados en la promoción de los intereses norteamericanos en la región. “Una gran parte de este esfuerzo se ha invertido en Cuba” (USGPO, 2011), reconocía el documento, pero “las operaciones de conectividad efectiva”, como las llamaron entonces y aún siguen en pie, tomaban buena nota de la situación del uso de estas plataformas desde el Río Bravo hasta la Patagonia.

El documento que usted puede ver aquí, a la firma del entonces Presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado y hoy Secretario de Estado, John Kerry, explicaba sin demasiada vuelta de hoja cuál es el interés de los Estados Unidos en las llamadas redes sociales del continente:

“Con más del 50% de la población del mundo menor de 30 años de edad, los nuevos medios sociales y las tecnologías asociadas, que son tan populares dentro de este grupo demográfico, seguirán revolucionando las comunicaciones en el futuro. Estas tecnologías pueden favorecer el cambio político, mejorar la eficiencia del gobierno, y contribuir al crecimiento económico… Los medios sociales y los incentivos tecnológicos en América Latina sobre la base de las realidades políticas, económicas y sociales serán cruciales para el éxito de los esfuerzos gubernamentales de EE.UU. en la región.”

El informe, que resumía la visita de una comisión de expertos a varios países de América Latina para conocer in situ las políticas y financiamientos en esta área, además de entrevistas con directivos de las principales empresas de Internet y funcionarios norteamericanos, recomendaba “aumentar la conectividad y reducir al mínimo los riesgos críticos para EEUU. Para eso, nuestro gobierno debe ser el líder en la inversión de infraestructura.” Y añadía: “El número de usuarios de los medios sociales se incrementa exponencialmente y como la novedad se convierte en la norma, las posibilidades de influir en el discurso político y la política en el futuro están ahí”.

¿Qué hay detrás de este modelo de “conectividad efectiva” para América Latina, donde el ZunZuneo parece ser un punto de la agenda? La visión instrumental del ser humano, susceptible a ser dominado por las tecnologías digitales. El gobierno de Estados Unidos valora la posibilidad de que unas herramientas creen una simulación de base y a partir de ahí se derrumben sistemas políticos que no les resulten convenientes, el cubano y cualquier otro. Pero la realidad es testaruda y a veces toma extraños nombres: Bay of Tweets, Bay of Pigs, Playa Girón…

Notas

[1]Se trata de la red del sector de la salud. En el 2001, Nelson P Valdés refería sobre Infomed: “Se ha dado prioridad a las instituciones de la salud en las 14 capitales provinciales de la Isla y en 30 de los 169 municipios. Hay, al menos, tres mil cuentas de correo electrónico en instituciones médicas. Las nuevas comunicaciones internas han comenzado a vincular el sistema de salud existente en policlínicos, hospitales, instituciones de investigación y casas del médico de la familia. Los recursos de Infomed suministran información actualizada sobre la salud en Cuba y el mundo. Cuba proporciona el texto completo de 37 publicaciones médicas de forma gratuita, 14 textos virtuales (con categoría de libros) y cuatro boletines diarios” (Valdés, 2001: 65).
[2] En 1987 se crearon los Joven Club de Computación y Electrónica, o Red de Joven Club (JC), sistema de telecentros que se extendió por todas las provincias del país. Patrik Hunt, un experimentado investigador de los telecentros en América Latina, afirmó en el 2001 que ninguna otra red en la región tenía entonces la “profundidad de experiencia”, el “alcance como red” y la “investigación en curso” de los JC cubanos (Hunt citado por Valdés, 2001: 64).
[3] Este Grupo especial del Departamento de Estado no suele tener mucha presencia pública. Detalles de cómo se conformó y sus objetivos pueden encontrarse en el memorando emitido por la entonces Secretaria de Comercio Josette S. Shiner (Shiner 2006).
[4] La super-WiFi es un protocolo de telecomunicación inalámbrica que permite que la señal de Internet de alta velocidad sea más potente viaje más lejos de lo que lo hace el sistema Wi-Fi actual. Wi-Fi es una marca de la Wi-Fi Alliance (anteriormente la WECA: Wireless Ethernet Compatibility Alliance), la organización comercial que adopta, prueba y certifica que los equipos cumplen los estándares 802.11 que soportan las redes inalámbricas de área local.

 

Solanum tuberosum: un alimento en peligro de extinción en Cuba
por Yohan González, tomado de Desde mi ínsula

Son las 11 y 37 de la noche del jueves 20 de marzo de 2014. Mientras La Habana se prepara para zambullirse en el sueño, hay movimiento y ruido en la intercepción de las calles Dragones y Rayo, en el municipio capitalino de Centro Habana. A las puertas del punto de venta de productos agroalimentarios ubicado en esa esquina, decenas de personas continúan haciendo fila para poder comprar. El panorama está así desde las seis de la tarde, hora en que llegó el camión desde una cooperativa en Mayabeque.

Algunos no se han quitado la ropa del trabajo, otros se lamentan haberse perdiendo el partido de béisbol entre Industriales y Pinar del Río. Es casi medianoche, pero el descanso y mucho menos el sueño no entiende a la hora de pensar en la comida para la casa.

Dos policías controlan el orden evitando que la mezcla de cansancio y el apuro por salir de varios de los presentes en la fila no les juegue una mala pasada. Es la fila para comprar la papa, una vianda casi sagrada para todos nosotros que desde hace años comienza a mermar su presencia en los agromercados y mucho menos en la cocina de los cubanos.
El panorama del aquel jueves es una escena que poco a poco se va repitiendo en varias partes de Cuba. Alejado de las cifras del año 2000 cuando su producción alcanzó las cifras más altas desde 1946 (348,5 millones de toneladas), las alarmas han pasado de naranja a rojo pues la Solanum tuberosum –nombre científico del tubérculo- amenaza con pasar a la lista de productos en peligro de extinción.

La advertencia fue lanzada oportunamente días antes del inicio de la temporada de venta del alimento en un artículo en el diario Juventud Rebelde el cual nos anunciaba el panorama al que nos someteríamos los cubanos para el presente año. “Las hectáreas cultivadas de papa en la campaña actual representan el 57,3 por ciento de lo plantado en la de 2012-2013”, así expresó un funcionario del Ministerio de Agricultura (MINAG). Dicha cifra (57,3%) representa aproximadamente uno cosecha de alrededor de 65,7 millones de toneladas, una cifra muy alejada de aquel récord del año 2000. Resignados a lo que parece ser una tendencia que se irá manteniendo, directivos anuncian que “en las próximas cosechas se prevé sembrar los mismos niveles plantados en 2013 y que se garantizará cultivar otras viandas —fundamentalmente malanga y boniato— en las áreas que se destinaban para la producción de papa”.

En un país como Cuba donde la papa ocupa un espacio casi primordial en la dieta nacional esto no significa una irresponsabilidad de los directivos y funcionarios encargados de planificar y controlar el cultivo y cosecha del tubérculo. ¿Las causas? Una mala planificación en el manejo de las tierras –pues cada año estas son reducidas-, una sobredependencia a la importación de semillas debido a la falta de rendimiento de la variedad Romano –desarrollada en Cuba-, la obsolescencia de los equipos tecnológicos, la falta de inversión en ese sector así como el impacto del cambio climático. Por todo ello, sería responsable y hasta justo que el ministro Gustavo Rodríguez Rollero y todo su equipo ministerial y de funcionarios intermedios dieran una respuesta clara y pública sobre ello, acompañada además de una disculpa por la ineficiencia realizada.

La ausencia da paso a la carencia, la carencia da paso a la necesidad y la necesidad da paso a la especulación y el acaparamiento. A solo unos pasos de establecimientos como el de Dragones y Rayo se comercializa de manera ilegal 4 libras (algo aproximado a 8 papas) por 1 CUC; un precio que bien puede ir aumentando a medida que la demanda aumente y el producto vaya escaseando. Y entonces me pregunto: ¿dónde están los inspectores y los agentes de protección al consumidor?

Mientras ese panorama a través del sistema de ventas de productos del agro, en las tiendas de recaudación de divisas (TRD) se venden bolsas papas prefritas (algunas de producción nacional) a precios irrisibles y lógicamente insostenibles para un salario promedio. Lo más interesante de eso es que mientras se dice que disminuye la papa para la venta a la población, ni el suministro a las plantas de producción de papas prefitas como también a los hoteles no sufre ni las más mínima alteración.

El pasado domingo, mientras disfrutaba del Clásico Real Madrid-Barcelona, en mi casa se comió papas fritas. Cuando poco a poco el plato iba quedando vacío, no podía dejar de temer que fuera una de las pocas ocasiones en que este año pueda permitirme semejante placer. Todo parece indicar que al ritmo actual, en los próximos cuatro años, debido a la progresiva reducción del cultivo y cosecha, la papa se sumará junto a cítricos como la naranja o la toronja a la muy exclusiva lista de productos de la agricultura cubana que se encuentran en peligro de extinción.

 

TV Cubana: Cambiar lo que deba ser cambiado
por Elena Diego Parra (Tomado de Soy Cuba)

«Lo que está quedando del país como memoria histórica son los informativos y los dramatizados, y si dentro de unos años vemos atrás y nos analizamos por telenovelas como Santa María del Porvenir, Playa Leonora, o Tierras de Fuego será como ver una realidad paranormal», dijo uno de los jóvenes presentes y aunque algunos sonrieron ante este comentario, les quedó en la mente la imagen de la triste realidad que vive hoy la televisión cubana.

Y es que aunque en los últimos años se incorporaron nuevos canales, se amplió la considerablemente la programación y se hicieron notables cambios en cuanto a diseño, este medio sigue siendo objeto de fuertes críticas por parte de la población cubana, sean especialistas o no. Incluso no faltan los que arman su propia parrilla personal.

En esta ocasión quienes opinaron fueron jóvenes creadores de diferentes provincias, miembros de la Asociación Hermanos Saíz, en un provechoso intercambio realizado en el Salón de Mayo del Pabellón Cuba, sede nacional de la AHS, con la presidencia del Instituto Cubano de Radio y Televisión, para dar cumplimiento a algunos de los acuerdos del reciente II Congreso de la organización.

En el encuentro Fabio Fernández Kisell, Director de Programación y Contenidos de la TVC, explicó que «los problemas que este medio tiene están muy vinculados a que su desarrollo no ha sido programado, sino que ha respondido a determinadas urgencias y esto no ha permitido organizar bien un concepto de programación».

«Otro inconveniente es que aproximadamente un 68 por ciento de la programación que se trasmite es extranjera y alrededor del 40 por ciento de las propuestas de su canal principal, Cubavisión, tienen más de 10 años», argumentó.

¿Cómo representar mejor a los jóvenes y cómo lograr una televisión que sintonice con todos los públicos, «donde lo que «debe ser» se acople con estos tiempos», fueron ideas que centraron el debate en el que se analizaron cada una de las programaciones y canales y dónde los mayores cuestionamientos los recibió el sistema informativo.

«Buenos Días debe explotar más el formato de revista, porque ahora mismo es un noticiero más largo con más tiempo para cometer errores. Se le debe dar un perfil más opinativo y se pudieran hacer emisiones temáticas uno o varios días de la semana. Requiere además nuevos estilos de locución, cambios urgentes de escenografía, que la sección de Música no tenga un perfil tan propagandístico, sino más reflexivo y que en la de Ciencia y Tecnología se visualicen materiales sobre lo que se hace en el país en estas materias y no documentales foráneos», explicó la periodista Leslie Salgado Arzuaga.

De acuerdo con el criterio de los participantes en el encuentro, el Noticiero Nacional de Televisión debe ser conducido por locutores o periodistas menos rígidos, dinámicos, que comenten las noticias y sean capaces de dialogar ante las cámaras en un momento de dificultad o falla tecnológica.

Debe evitar colocar en la Emisión Estelar materiales que carezcan de alto valor periodístico, representar mejor las provincias, usar más los pases en vivo o los «falsos vivos», no repetir las mismas noticias en cada espacio sino darle seguimiento a las que realmente lo merezcan, abordarlas de manera diferente y problémica y reducir el tiempo del noticiero del cierre.

En resumen, que en Cuba carecemos de un espectáculo informativo que seduzca a las audiencias, abordamos la información de una manera fría, con una fotografía siempre convencional y no pocas veces nos conformamos con hechos intrascendentes.

En cuanto a los dramatizados se abogó porque sean más creíbles, verosímiles y que representen mejor los grupos sociales y realidades, porque nuestro público le pide a estos géneros los habituales enredos, intrigas, el triunfo del amor, pero también exige un acercamiento a nuestro contexto (algo que no se demanda a las producciones foráneas), porque no es lo mismo el campo de Tierras de Fuego que el de Cuando el agua regresa a la Tierra, por ejemplo.

Asimismo se planteó la necesidad de hacer estudios sistemáticos de rating, de no utilizar siempre los mismos directores y actores, de generar competencia entre los realizadores en función de elevar la calidad de sus propuestas, de estabilizar los espacios de teatro, cuento y aventuras y de poner en práctica un sistema de pilotaje que permita determinar mejor las pautas a seguir por los creadores de estos espacios.

Las teleclases también se llevaron su pedacito al sugerirse que se encuadren mejor las fotos de los mártires y la trasmisión de documentales doblados en vez de los subtitulados, para que el hasta el estudiante que se sienta en lo último del aula pueda apreciarlos bien. En cuanto a las producciones infantiles y juveniles se cuestionó que no se prioricen proyectos similares a los de Mucho Ruido y La Sombrilla Amarilla, ambos de la directora Mariela López, quien demostró ser capaz de atraer a estos sectores.

Un diseño único, uniforme y de calidad que identifique los canales; la adecuada revisión y corrección de los subtitulajes que se descargan de Internet; la necesidad de actualizar los lenguajes; la no eternización de programas como Palmas y Cañas, Energía XXI y La Dosis Exacta; el establecimiento de manuales de identidad para cada espacio y canal; la habilitación de algún local donde se vendan en DVD los mejores productos de la TVC; así como mejorar el nivel de selección de algunas series que se ponen en pantalla, fueron señalamientos que se hicieron.

Omar Olázabal, vicepresidente del ICRT, en diálogo fluido con los miembros de la AHS, explicó que «la televisión tiene sobre ella 12 millones de miradas y es el medio que más está en la palestra pública. Lo primero que hay que hacer y que ya se está implementando es descentralizarla, no dirigirla desde un buró, y darle ciertas autonomías a los creadores y directivos de cada canal. Tenemos que respetar todos los públicos porque la TVC entra sin permiso a los hogares. Algo muy positivo es que hoy el 80 por ciento de quienes integran los consejos de programación provienen del medio».

Si bien este intercambio no constituye una garantía de que se tomarán medidas inmediatas con los planteamientos hechos, puso sobre la mesa las miradas de jóvenes creadores de diferentes lugares del país y evidenció la valía de sus criterios para modernizar nuestras propuestas televisivas.

En la mesa quedaron muchos temas, pero transformar la TV Cubana no es cosa de un día, es una ardua tarea, porque los televidentes no son una masa homogénea y complacer a todos puede llegar a ser como diría un colega «un quebradero de cabeza». Pero de lo que no quedaron dudas es que hoy la palabra de orden para el medio más extendido y popular de nuestro país es cambiar por el bien de sus audiencias y su prestigio público.

 

Transporte: Avanzando para atrás top
(Tomado de “Cartas desde Cuba”)

En la organización del transporte de pasajeros Cuba puede seguir haciendo lo mismo durante otros 50 años o estudiar las experiencias de otros países y aplicar las que mejor se adapten a la realidad nacional, sin necesidad de volver a inventar el fuego.

Especialistas del ministerio reconocen que las cosas nunca han funcionado como Dios manda. Cierto es que durante los primeros años de la revolución fue particularmente afectado por el Embargo de EEUU, dado que es ideal para provocar descontento.

Pero hace ya muchísimo tiempo que los buses americanos e ingleses dejaron de existir sin que la situación mejore. Ni siquiera con el cuerno soviético de la abundancia, se contó con un sistema de transporte de pasajeros capaz de satisfacer las necesidades de la gente.

Las colas en las paradas no son nuevas, me cuentan mis amigos que ir a la playa en los años 70 u 80 era una odisea y regresar implicaba dar una batalla campal de gritos, insultos y hasta empujones para abordar los siempre escasos autobuses.

Cuando llegué a Cuba como enviado especial en 1989 -antes de que se iniciase la crisis económica- me hizo gracia una valla enorme donde se representaba un autobús cubano dentro del cual habían pintado el caos del Guernica de Picasso.

En los buenos tiempos, el que tenía poder viajaba en automóvil y el que tenía dinero en ANCHAR, una compañía de taxistas privados que hacían más o menos lo mismo que los actuales boteros. Mientras la gran mayoría luchaba un lugar en las guaguas (1).

Los dirigentes del transporte no pudiendo arreglar el tema de los buses decidieron ir al fondo: planearon la creación de un tren subterráneo. Pero llegó la crisis económica y mandó a parar, dejando al metro en la superficie, montado sobre “camellos” (2).

En los inicios de los 90 se acabaron las colas por primera vez en las paradas pero fue porque era inútil esperar que apareciera una guagua. Había buses pero faltaban combustible y repuestos, así que los equipos volvieron a pudrirse en los parqueos.

El caos del transporte

Apenas hubo un poco de dinero o de crédito, el gobierno invirtió en China cientos de millones comprando locomotoras, taxis, buses interprovinciales y urbanos. Curiosamente decidieron adquirir muchos con motores estadounidenses.

Traer una pieza de repuesto para un motor Caterpillar implica comprarla clandestinamente en EEUU, trasladarla a Canadá, embarcarla a República Dominicana o Panamá y desde allí a la isla. Un paseo que hace perder a Cuba bastante tiempo y muchísimo dinero.

Pero el problema es aún más complejo, el Ministerio no solo es incapaz de gestionar sus propias empresas, ni siquiera puede organizar a los transportistas privados, que operan con más libertad de la que tendrían en un país con economía de mercado.

Los “boteros” son los que utilizan un auto particular para mover personas por una ruta fija. Es un negocio que deja una ganancia de más de U$D 1000 al mes, suficiente para adaptarles a sus “viejos” automóviles modernos motores diesel japoneses.

Cuba es uno de los pocos países en los que los choferes del transporte privado deciden el horario de trabajo, las rutas que transitan y hasta el precio del pasaje que debe pagar el usuario. Y todo lo hacen sin que se les exija ni siquiera facturas de combustible.

Las autoridades conocen todo esto pero en vez de organizarlo, les ponen multas impositivas para obligarlos a pagar más. Así cubren un poco las pérdidas que le provocan al Estado pero dejan totalmente desprotegido al usuario.

Aunque se repite una y otra vez que la cubana es una economía planificada, en el caso del transporte de pasajeros conozco sociedades capitalistas en las que las autoridades ejercen un mayor control, organizando y fiscalizando a los empresarios del sector.

El Ministerio de Transporte no actúa a pesar de saber que los boteros compran el diesel en el mercado negro a la cuarta parte de su valor y que aun así cobran por un pasaje el equivalente a lo que ganan la mayoría de los cubanos en un día de trabajo.

Por otra parte los accidentes se multiplican pero para ser botero solo se exige un cursillo de una semana y los vehículos tampoco pasan inspecciones periódicas serias para comprobar su estado técnico, tal y como ocurre en muchas otras partes del mundo.

Los choferes de autobuses, los famosos “guagüeros” de Cuba, arengan cada día a los pasajeros de sus vehículos con una frase que podría convertirse ya en la consigna del transporte público de Cuba: “¡adelante compañeros, sigamos avanzando, demos un pasito más para atrás!”.

(1) Guagua: autobús para el transporte de pasajeros.
(2) Camello: Carrocería de bus gigante montada sobre un camión

Fernando Pérez: “la prensa cubana tiene que equivocarse” top
por: Carolina Rodríguez Castellanos Tomado de OnCuba

En momentos en que la prensa cubana es tachada por las audiencias de triunfalista, de desapegada de la realidad social; y a propósito del conversatorio sobre el papel de los medios cubanos en el habitual espacio Catalejo de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), Fernando Pérez, uno de los grandes del séptimo arte cubano, nos deja su visión del periodismo que se practica hoy en Cuba, aunque precisa: “no me gusta juzgar ni ser totalizador”. El cineasta, creador de filmes que han marcado pauta como Clandestinos (1988), Madagascar (1994), La vida es silbar (1998), Suite Habana (2003) o José Martí: el ojo del canario (2009), posee también la experiencia del tiempo en que trabajó en el Noticiero ICAIC Latinoamericano.

¿Cómo valora el estado del periodismo cubano actual?

Tengo impresiones, pero son cotidianas y personales. Mi percepción general es que nuestra prensa debería dinamizarse y ofrecer una información a partir de la cual el lector pueda juzgar por sí mismo y no recibir una información condicionada. Creo también que la opinión y el debate precisan más espacio.

¿Cree que nuestro periodismo necesita apartarse un poco del mensaje institucional y buscar su propia voz, como lo está haciendo el cine de hoy?

No podría trasladar mecánicamente la experiencia del cine al periodismo, pero sí estoy convencido de que la prensa debe abrirse a nuevas dinámicas en las que la opinión polémica y la ausencia de centralismo, enriquezcan la mirada de nuestra realidad y del mundo.

Se requiere libertad de movimiento para las publicaciones- y no pienso que las capitalistas sean libres-. Nos hace falta el periodismo que surge de la opinión, de la polémica, a riesgo de equivocarse. Pero esa modalidad no se puede crear bajo muchas reglamentaciones. En la búsqueda, uno tiene que errar; en la creación artística y en el periodismo, que yo lo considero como tal, conviene la libertad que no tiene que ver con el liberalismo, sino con la variación de las estructuras que han sido demasiado centralizadas y unificadoras de pensamiento. Lo importante es que haya diversidad de reflexiones para que de ahí surjan los cambios.

La prensa cubana tiene que equivocarse, pues la verdad nadie la tiene en la mano. En la historia de nuestro periodismo han existido grandes plumas. Hoy también, sólo que tendríamos que abonar el terreno fértil para que florezcan.

Algunas sugerencias de Fernando a la prensa…

El periodismo tiene sus especificidades, pero creo que cualquier creador ha de tener presente el enfoque ambivalente de la realidad y dar varias miradas. Siempre trato de expresar la complejidad de la sociedad, porque nuestra realidad no es en blanco y negro, no es modélica, no es lo que debe ser sino lo que es; y lo que es, niega muchas veces lo que debe ser. No existe una sola verdad, depende cómo la enfoques, por eso no creo en la objetividad.

Sería bueno que no se juzgara, porque juzgar es reducir. Todo tiene su contraparte, sus luces, sombras, y cada hecho tiene muchas maneras de ser interpretado. Hay que encontrar formas de reflejar los conflictos, nuestras contradicciones. En Suite Habana, por ejemplo, traté de mostrar un tema sociopolítico que no se manifestaba- y no se manifiesta habitualmente- en la radio, la televisión, los periódicos, un tópico casi ausente de los medios de difusión masiva. Y esa película provocó lecturas muy controvertidas, pero eso la enriquece. Sucede con frecuencia que en los medios cubanos negamos las verdades no propuestas por nosotros, cuando realmente tiene que haber espacio para diversos puntos de vista, pues donde todos los criterios son los mismos y no se piensa diferente, no ocurren transformaciones.

Mujica, el presidente imposible top
por Josefina Licitra (Tomado de Progreso Semanal)

En la entrada del rancho hay una cuerda donde cuelgan las ropas de un niño —pobre—; una casucha de ladrillo gris a medio hacer —pobre—; un desmadre de plantas: juncos, pastos crecidos, yuyos; una hectárea de tierra recién surcada; y perros, muchos perros. Chuchos que circulan con el paso lerdo de los animales viejos y que cada tanto buscan esquinas de sombra allá en el fondo, pasando unos arbustos, en la casa de José Mujica.

Allá. José Mujica, presidente de la República Oriental del Uruguay, descansa allá: en cuatro ambientes de paredes desconchadas donde hay una cocina, un sillón rojo, una perra de tres patas —la mascota de Mujica es tullida— y una estufa a leña. Desde ese bajofondo austero, casi marcial, este hombre emergió infinitas veces —primero como legislador nacional, luego como candidato presidencial— a recibir a la prensa.

Y recibir, en el planeta de Mujica, es un verbo imperfecto. Mujica ha recibido periodistas recién bajado del tractor, sin la dentadura puesta, con el pantalón arremangado hasta las rodillas y con una gota de sudor colgando de la nariz.

Mujica ha recibido periodistas con un afectuoso cachetazo y con esta frase: “Cortala con el bla bla y andá a laburar, que es lo que necesita el país”.

Mujica ha recibido periodistas en días preelectorales, con alpargatas pero sin dientes —bueno, ha dado conferencias de prensa enteras sin dientes—, jugando con su perra manca y haciéndose cortar el pelo por un desconocido que había ido a pedirle trabajo.

Mujica ha recibido periodistas la mañana misma de los comicios presidenciales y los ha recibido en pijama, con la barba crecida y con las encías rumiando esta única frase: “A pesar del ruido, el mundo hoy no va a cambiar”.

Era, ese entonces, la mañana del veintinueve de noviembre de 2009. Y aunque el mundo no cambió, ese día el Uruguay torció su propio rumbo: con el cincuenta y dos por ciento de los votos —ganados a Luis Alberto Lacalle en un ballotage— Mujica se convirtió en el presidente más impensado del Uruguay y probablemente de la tierra. No solo por su austeridad llevada hasta el paroxismo sino por su pasado, que no es otra cosa que el origen de todo lo demás.

Mujica militó en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), una guerrilla que nació y se fortaleció al calor de la revolución cubana; estuvo dos veces preso en una cárcel que hoy —maravillas de la globalización— es un shopping; huyó de ese penal en uno de los escapes más espectaculares que tiene la historia carcelaria universal; vio demasiados amigos morir y esperó demasiadas veces la muerte propia; estuvo diez años aislado en un pozo durante la dictadura militar de 1973, donde sobrevivió a la posibilidad de la locura; y llegada la democracia festejó esa sobrevida del único modo posible: arando y militando. Esta vez, desde un marco legal.

En 1995, Mujica devino el primer tupamaro en ocupar un puesto como diputado nacional. Luego fue senador. Después fue ministro. Y a fines de 2009 se transformó en el primer “exguerrillero” en llegar a la presidencia del Uruguay y en completarle el sentido a una lucha ideológica por la que se inmoló buena parte de América Latina.

—El Pepe llegó, primero, porque sobrevivió —dirá días después José López Mercao, compañero de Mujica en la cárcel de Punta Carretas—. Segundo, porque el movimiento armado salió muy honrado frente a la población: siempre estuvo esa idea de que los tupamaros eran buena gente. Y por último, porque Pepe siempre fue un tipo muy humano, muy enamorado, muy zorro y muy austero.

Hoy, Mujica se traslada en un Chevrolet Corsa más bien viejo. No usa corbata. No tiene celular. No tiene tarjeta de crédito. Prohíbe a los empleados de gobierno usar Facebook o Twitter o cualquier cosa parecida. Tiene una esposa —la senadora Lucía Topolansky— tan asceta como él. Y no vive en la residencia presidencial sino en esta chacra de huesos flacos en Rincón del Cerro: un páramo rural a veinte minutos de Montevideo, donde el campo es más un esfuerzo que un vergel.

Mujica pasa aquí sus días desde mediados de la década de 1980, cuando salió del pozo carcelario con la certeza de que —todo junto— volvería a la política y se compraría una granja. Lo acompañan Lucía Topolansky, también tupamara, y tercera en la cadena de mando de Uruguay; Micaela, su perra de tres patas; dos familias que, por no tener lugar mejor donde caerse muertas, fueron a hablar con Mujica y recibieron a cambio un pedazo de tierra dentro de esta misma estancia (por eso la construcción gris a medio hacer; por eso las ropas de niño colgando de una cuerda); y dos hombres uniformados que ahora se interponen en la entrada y dicen, amablemente, lo que vinieron a decir: “Pida una entrevista en la torre presidencial”.

Desde que asumió su cargo, Mujica —famoso hasta entonces por su disponibilidad mediática— dio solo tres entrevistas y todas fueron a un único medio. La razón: sus jefes de prensa saben que Mujica habla del mismo modo en que vive —sin cortesías y con la casa en construcción— y, ahora que es un mandatario, quieren cuidarlo. Para eso ponen infinitos filtros y para eso, entre otras cosas, está esta guardia: dos tipos de pecho hundido, acompañados por un perro labrador que se tira panza arriba y recibe mis caricias.

—Esta es la casa del presidente —dice uno.
—Además el presidente no está —dice el otro.
—Ah —digo yo
.
Nos miramos en silencio.

Atrás de estos dos hombres se ve la ropa gastada pendiendo de una soga, la casa a medio hacer, los juguetes de niño entre los pastizales. Pero lo que no se ve es lo otro: el inmenso cúmulo de duda que se yergue sobre este escenario de insólita simpleza.

Porque José Mujica vive acá, eso está claro. La pregunta es cómo eso es posible. La pregunta es por qué.

—Yo no quería que Pepe fuera presidente.

Julio Marenales es uno de los líderes históricos del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros y es visto por Mujica como “un hermano”. Militaron juntos, juntos cayeron en el penal de Punta Carretas, juntos también se fugaron, y juntos, aunque separados en distintos establecimientos, padecieron diez años de encierro en los pozos cuartelarios. La distancia entre Marenales y Mujica llegó recién en este último tiempo: Mujica fue avanzando en el terreno político, mientras que Marenales, si bien respalda a Mujica, se quedó en la organización. Hoy representa el ala radical y se ha transformado en una suerte de guardián de la pureza ideológica del Movimiento.

—El Pepe no puede hacer una presidencia con las ideas que tenía como tupamaro. Ha tenido que adaptarse. Se amoldó al pensamiento general del Frente Amplio, que es una fuerza donde hay trabajadores pero también empresarios, y a los empresarios les gusta el sistema capitalista. Por tanto las ideas que sustentó el compañero Mujica años atrás las tiene, supongo, en el congelador. Es decir: el Pepe no va a hacer la revolución. Lo que no quita que este sea, por lejos, el mejor gobierno que tuvo este país.

Marenales sonríe: tampoco tiene demasiados dientes. Algo pasa con los tupamaros y sus dientes. Quizás sea el paso del tiempo, pero tampoco: el tiempo se ha vuelto una forma cortés de explicar las cosas. A Marenales, en cualquier caso, siempre le dijeron El Viejo. Ahora tiene ochenta y un años pero arrastra ese apodo desde que tenía treinta y tantos. En ese entonces, junto a Raúl Sendic (máximo líder de la organización, ya muerto y hoy mítico) fundó el Movimiento que luego albergó a Mujica y a buena parte de la cúpula que hoy gobierna el Uruguay.

Una historia muy breve, puerilmente breve, del MLN-T sería más o menos así: los tupamaros surgieron públicamente en 1966 en apoyo a una revuelta de cañeros de azúcar (los asalariados más pobres del Uruguay) y en un contexto de presión social fuerte: el fin de la posguerra europea había traído aparejado una mayor producción industrial en el Primer Mundo, y eso significaba que América Latina había empezado a llenarse de productos importados y a ver la debacle de su industria nacional. Hacia 1968, Uruguay dejó de ser “la Suiza de América” y se metió de lleno en el fango latinoamericano: empezó a tener despidos, problemas gremiales, militarización de los espacios de trabajo y un endurecimiento del Estado que hacía flamear el fantasma de un golpe militar.
En ese contexto surgió el MLN-T: una organización armada que —alentada por el triunfo de Fidel Castro en Cuba— creía que la revolución era un destino posible y cercano, y que en cuestión de meses logró crear su propia mística. Cada vez más gente simpatizaba con el MLN-T. Esto se debe a que los tupamaros no tenían el gatillo fácil y a que empezaron a emprender maniobras delictivas que muchas veces favorecían a las clases bajas. Además de los procedimientos estándar (robo de armas, de bancos, vaciamiento de financieras, secuestro de algún embajador, etcétera) cada tanto detenían un camión de mercadería y la repartían entre los asentamientos de la zona.

Esa propaganda hizo que la organización creciera de un modo exponencial. Hacia 1971, el Movimiento, que había nacido con doscientos miembros, llegó a tener cinco mil integrantes activos, con un radio de influencia de treinta mil personas, y eso lo transformó en el fenómeno de más rápida acumulación de fuerzas en la historia de cualquier asociación política. Fue ese crecimiento —y lo dicen ellos mismos— lo que los arruinó. A más gente, empezó a haber también más errores. Para el momento en que llegó la dictadura militar —que en Uruguay sucedió entre 1973 y 1985, con el golpe de estado de Juan María Bordaberry— el Movimiento estaba débil, con demasiadas muertes a cuestas, propias y ajenas, y con muchos miembros en la cárcel. La cúpula militar aprovechó esa flaqueza y le asestó el mayor golpe a la organización: identificó a los nueve cabecillas del MLN-T y los confinó durante diez años en calabozos subterráneos ubicados ya no en cárceles, sino en cuarteles. A esos hombres se los llamó “los nueve rehenes”; eran el recurso que tenían los estrategas de la dictadura para asegurarse de que el MLN-T no siguiera accionando: cualquier movimiento en falso y les mataban un líder.

Los nueve rehenes fueron Mauricio Rosencof (escritor, actual director de la división de Cultura de la Intendencia de Montevideo), Eleuterio Fernández Huidobro (hoy senador), Raúl Sendic (muerto en París en 1989), Henry Engler (experto en neurociencias), Adolfo Wassen (muerto de un cáncer de columna meses antes de salir en libertad), Jorge Zabalza (hoy distanciado del Movimiento), Jorge Manera (también distanciado), Julio Marenales y José Mujica.

De todos ellos, se dice que Henry Engler y José Mujica fueron quienes salieron más perturbados. Engler, hoy establecido en Suecia, fue candidato al Nobel de Medicina y protagonizó un documental —El Círculo— que cuenta su proceso de locura en el encierro. Y Mujica, bueno, él dice que llegó a hablar con ranas y hormigas. Marenales tiene una explicación para esto: “Si pasás doce años en un espacio de un metro cuadrado, las experiencias son tan limitadas que tenés que hacer un gran esfuerzo por distinguir si las cosas las pensaste, las viviste o las soñaste. Todo el movimiento se hace con la mente y eso es peligroso. Todo, en un punto, puede volverse ficción”.

Marenales jadea cuando habla: es apenas una aspiración de más, el comienzo de una asfixia que luego se apaga. Sus manos son grandes —ha sido carpintero— pero el resto de su cuerpo se ve pequeño, delgado, incluso joven. Los años de confinamiento deben significar algo en el aspecto de este hombre: hay un tiempo muerto en el rostro de Marenales; un velo invulnerable.
La última vez que lo detuvieron, en 1972, Marenales arrojó sobre su captor una granada que no explotó. En respuesta recibió catorce tiros de metralla.
—Sobreviví de milagro —dice—. Todos —agrega— han sobrevivido de milagro.

A unos metros de distancia, un ventilador echa aire sobre una bandera de los tupamaros. La casa huele a papeles viejos. Todo acá parece más viejo que sus años. Este lugar existe desde 1986, cuando terminó la dictadura. Y ya en 1989 se decidió que el MLN-T seguiría funcionando y mantendría este local, pero se integraría al sistema político con otro nombre, el Movimiento de Participación Popular (MPP), al que Mujica pertenece. El MPP, a su vez, pasó a integrar el Frente Amplio: la coalición de partidos de izquierda que desde hace dos períodos —primero con Tabaré Vázquez y ahora con Mujica— gobierna el Uruguay.

En un rincón de la sala principal hay un cesto de basura forrado con un afiche de Mujica. Se lo ve peinado, limpio: presidenciable.
—Lo bañaron para esa foto —bromeará después Eleuterio Fernández Huidobro.

—Al Pepe lo pusimos nosotros —dice ahora Marenales—. Siempre trabajamos como colectivo. Más allá de las características personales de cada compañero, nosotros no creemos que la historia avance sobre la base de hombres brillantes.|

—¿Pero por qué eligieron a Mujica y no a otro?

Marenales se acomoda la montura de los lentes —dorados— sobre los huesos —finos—, se reclina hacia delante, habla:

—Porque el Pepe tenía una ventaja. A nosotros en el Frente Amplio no nos querían mucho. Decían que éramos unos palurdos. Pero Pepe tenía tres apoyos: el de nuestras espaldas, porque en el Movimiento lo hemos sostenido como hemos podido. El de su propia historia, porque Pepe viene de trabajar la tierra y nunca sintió la bota del patrón arriba, siempre trabajó más o menos por cuenta propia. Y el de los de abajo. Fueron ellos los que lo llevaron a la presidencia. Por eso el Pepe tiene un gran compromiso con la gente humilde. Y tenemos que ayudarlo a que lo cumpla. Porque no lo está cumpliendo.

Marenales no ha querido ocupar cargos en el Gobierno. Hay quienes dicen que esta negativa responde a que está clínicamente loco —un oportuno sinónimo de “inadaptado”—, pero quizás exista otra forma de verlo: para que haya un Mujica dirigiendo el país, debe haber un Marenales diciéndole al oído: no olvides.

—No olvides lo que alguna vez fuimos. No olvides el objetivo. Eso le digo. Lo que pasa es que lo veo cada vez menos.

En las casi inexistentes fotos de esa época, hay una imagen que lo tiene a Marenales de perfil. Es 1968, lo están llevando preso a Punta Carretas, y lo que se ve es un hombre de nariz recta, pelo renegrido, ceño fruncido y rostro hermético. El hombre sólido que Marenales fue y sigue siendo. Un hombre planeando, en ese mismo instante, su fuga.

“Shopping Punta Carretas”: eso se lee en la entrada. El nombre está tallado sobre el ingreso al centro comercial, en un frontis de principios de siglo XX, en el mismo lugar donde antes decía “Cárcel de Punta Carretas”. Antes todo esto era gris, pero ahora tiene el color que la imaginación neoliberal reserva para estos casos: beige. Todas estas mierdas siempre son beige.

A la izquierda del ingreso hay un Mc Café, a la derecha un restaurante que dice Johnny Walker, y al fondo está el shopping, que es igual a todos los shopping de la tierra: pisos relucientes, bolsas con moño y el vapor de una música que no llega a ser fea: es fría.

Cuesta imaginar en qué parte de este lugar habrá estado Mujica; en qué parte estos tipos habrán tramado su fuga. ¿En el local de Lacoste? ¿En el de medias Sylvana? Ahora hay un techo de vidrio y se puede ver el cielo, ¿pero antes? ¿Qué tamaño tenía el cielo de antes? En la sede del MLN-T, a espaldas de Julio Marenales, había una maqueta de la cárcel: se veía, en corte transversal, un penal de casi cuatrocientas celdas divididas en dos planchadas de cuatro pisos cada una, separadas por un patio central.

Allí —aquí—, en 1970, llegó Mujica con el cuerpo cosido a balazos, luego de haber pasado tres meses en el Hospital Militar. El derrotero había empezado tiempo atrás en el bar La Vía, el lugar al que había acudido Mujica —junto a otros tupamaros— para planificar el robo a una familia millonaria de apellido Mailhos. Esa noche un policía reconoció a Mujica acodado en la barra y llamó para pedir refuerzos. Cuando llegaron, Mujica ayudó a escapar a sus compañeros pero no pudo zafar. Un policía lo encañonó; estaba nervioso. “Ojo, que se te puede escapar un tiro”, le dijo Mujica.Y el tiro se escapó.

Mujica llegó al Hospital Militar con seis balas en el cuerpo. Pero vivo. Y tres meses después fue enviado a Punta Carretas: un lugar que —en comparación con lo que vendría después— se parecía bastante a una escuela de adolescentes pupilos.

Allí —¿aquí? ¿se puede seguir diciendo “aquí”?— los militantes formaban nuevos compañeros (delincuentes comunes que terminaron sumándose al Movimiento) y entrenaban su costado estoico para hacer la revolución: sus celdas estaban limpias, sus cuerpos eran atléticos, y sus cabezas, en fin, a esta altura se entiende cómo trabajaban las cabezas de estos tipos.

—Yo daba cursos de táctica y enseñaba a hacer explosivos —contó Marenales en la sede del MLN-T—. El nivel de exactitud de los dibujos era muy alto. Si en una parte había que hacer un tornillo y el compañero dibujaba un redondel, entonces yo le decía: esto no es un tornillo. Es un clavo. El tornillo tiene una ranura para el destornillador. A ese nivel de detalle. Había que ser prolijos. Con los explosivos te equivocás y es la única vez que te equivocás.

Cada vez más presos comunes empezaron a ver en los tupamaros un grupo admirable, y algunos ladrones sumaron su conocimiento a la causa: enseñaron, por caso, a hacer un boquete en la pared en apenas un minuto, trabajando ya no sobre los ladrillos sino sobre la mezcla que los une. Gracias a eso, todos los muros del penal, e incluso algunos techos, tenían su agujero y todas las celdas estaban secretamente conectadas entre sí. Esa ingeniería permitió la histórica huida del seis de septiembre de 1971.

—Queríamos armar un plan de fuga que no solo significara volver a la libertad, sino que fuera un duro golpe para el gobierno —dijo Marenales—. Queríamos abochornarlos.

El trece de agosto de 1971, a las siete de la mañana, tras el primer control de presos en las celdas, los internos empezaron a cavar debajo de una cama. Metían la tierra en bolsas confeccionadas previamente con las sábanas del penal, y esas bolsas iban debajo de la cucheta. Cuando esa superficie se llenaba, se abría el boquete que conectaba las celdas y se pasaba las nuevas bolsas a la cama del cuarto de al lado. Así, en absoluto silencio, dos pisos del penal se saturaron de escombros. La requisa de pisos sucedía cada veintitrés días, y es por eso que los tupamaros tenían poco más de tres semanas para hacer cuarenta metros de túnel.

José López Mercao, celda contigua a la de Mujica, luego recordará esta anécdota:

—Una vez el Pepe agarra y dice: “¡Rápido! Tapen todo que el penado de arriba que es terrible ortiva está golpeando y dice que hay ruido acá abajo, ¡tapen que se nos cae todo!”. Nos pusimos locos. Metimos escombros, encajamos yeso, lo pintamos arriba, le pusimos secante y después nos quedamos esperando; nunca en mi vida hice algo tan rápido. Y cuando terminamos ese viejo hijo de puta nos dijo: “No, era pa’ver qué tiempo llevaba tapar todo nomás”.

Luego de trabajar más de quinientas horas sin parar —y de atrasarse un día—, en la noche del seis de septiembre de 1971, ciento once hombres (ciento seis guerrilleros y cinco presos comunes) se dieron a la fuga en un operativo que ellos mismos denominaron “el abuso”.

—El abuso —dirá López Mercao— porque lo que hicimos fue un abuso.

Los uruguayos tienen ese humor.

—El abuso se le ocurrió a Mujica. Había varios planes de fuga, pero la más famosa nació en una idea de Pepe. Él tuvo la idea de perforar todas las paredes. Y luego esa idea era como la invención de la rueda: abría varios planes de fuga; servía para muchas cosas más.

Eleuterio Fernández Huidobro es, aparte de senador nacional, el otro tupamaro al que Mujica denomina “hermano”.

—Pepe siempre fue pragmático. Estaban los teóricos, que para hacer una cosa la complican, y estaba Pepe, que venía de trabajar la tierra. Como dice el aforismo, el Pepe piensa como Aristóteles pero habla como Juan Pueblo.

Huidobro está acodado sobre una mesa de bar. Su forma de mirar —esquiva— sumada a la gordura y el cansancio de su rostro —flojo— hacen pensar que este hombre alguna vez estuvo más entero. Hay años que duran para siempre: tal vez sea eso.

Hay años que no terminan nunca.

Al igual que Mujica, Huidobro estuvo en Punta Carretas, salió con “el abuso”, pasó por la Cárcel de Libertad (insólitamente ubicada en un pueblo llamado Libertad) y terminó en los cuarteles: sótanos con celdas de 1,80 x 0,60 donde los nueve rehenes debieron pasar diez años de su vida. Esa última etapa fue brutalmente distinta de las anteriores: los rehenes eran separados en grupos de tres —cada terna iba a un cuartel distinto—; los presos estaban completamente aislados entre sí; prácticamente no percibían comida ni bebida; no los dejaban ir al baño; y menos aún recibían cartas o visitas.

Huidobro compartió cuartel con Mauricio Rosencof y Mujica. Apenas podían comunicarse, pero a lo largo de los años lograron ponerse de acuerdo en un punto: no había que enloquecer.
Rosencof empezó a escribir mentalmente: eran poemas de versos cortos, a veces de una única palabra, para que fueran más fáciles de memorizar:

Yo / no / estoy / loco, / digo. / ¿Por qué / me miras? / Yo / no / estoy / loco, / digo. / Ronda / el cuervo, / dice. / Miro / su nido.

Cosas así escribía Rosencof, quien consiguió entablar largos diálogos con su calzado y al salir del penal publicó su bello, inolvidable libro de poemas Conversaciones con la alpargata. Huidobro, por su parte, pasó años enteros imaginando que corría por la playa y meaba en cualquier lado. Y Mujica se hizo amigo de nueve ranas y comprobó que las hormigas, si se las oye de cerca, se comunican a gritos.

En Mujica, la completa biografía escrita por Miguel Ángel Campodónico, Mujica sintetiza de este modo su paso por los cuarteles: “Yo no soy afecto a hablar de la tortura y de lo mal que lo pasé. Incluso, me da un poco de bronca porque he visto que a veces ha habido una especie de carrera medida con un ‘torturómetro’. Gente que se complace en repetir ‘ah, qué mal la pasé’. Y lo que yo digo es que la pasé mal por falta de velocidad, por eso me agarraron. En definitiva, la vida biológica está llena de trampas tan inconmensurables, tan trágicas, tan dolorosas, que lo que me pasó a mí fue una pavada”.

Y lo dice: una pavada.

A partir del tercer año de encierro, los nueve rehenes empezaron a recibir material de lectura. No había permiso para ciencias sociales o novelas, pero daba igual: todas las palabras a esa altura eran ficción. Mujica se dedicó a las matemáticas y a la revista Chacra.

—Después, el Pepe me ponía al tanto de sus lecturas y me hablaba de la Pampa húmeda —dice Huidobro. Pero cuando dice “hablar” en realidad se refiere a otra cosa: con el paso del tiempo, Rosencof, Huidobro y Mujica idearon un sistema de diálogo mediante golpes en la pared. De acuerdo con este modelo, las letras del abecedario estaban divididas en grupos de cinco. El primer golpe identificaba el grupo, y el segundo golpe daba el orden de la letra dentro de ese grupo.

—Cuando le tomábamos la mano, hablábamos hasta por los codos. Es como un segundo lenguaje que te queda para siempre.

—¿De qué hablaban con Mujica?

—Él generalmente me hablaba de agro, de cómo mejorar la productividad del campo. Igual, cuando tenés mucha hambre, hambre por años, no hay comunicación que no empiece o termine en comida. Con Pepe hablábamos de boniatos, chanchos, vacas, pero en realidad estábamos hablando de chuletas.

Por falta de bebida y alimento, Mujica se enfermó gravemente de la vejiga y los riñones. No queda claro qué tenía, pero sí se sabe que necesitaba ir seguido al baño, que no lo dejaban salir de su celda y que hoy tiene un solo riñón. Para curarse debía tomar dos litros de agua por día. Pero en las buenas rachas los militares apenas le daban una taza. Con esa taza Mujica terminó haciendo lo único posible: recicló sus propias existencias. Bebió su pis. Todos allí bebieron su pis.

Años después, cuando en los cuarteles advirtieron que la situación de Mujica era clínicamente grave, los carceleros empezaron a hidratarlo con una cuchara de té y permitieron que su madre, Lucy Cordano, le llevara una pelela.

Era una pelela rosa.

Desde ese momento, Mujica llevó su pelela bajo el brazo cada vez que lo cambiaron de cuartel —eso sucedía cada seis meses—, y también lo hizo en 1983, cuando las presiones de organismos internacionales lograron que los nueve rehenes fueran trasladados al Penal de Libertad.

—Cuando después de diez años nos devolvieron a Libertad, asunto por el cual peleábamos, para nosotros fue un paraíso —dice Huidobro—. Nosotros éramos felices, a los más altos niveles de felicidad que tú te puedas imaginar, porque teníamos medio paquete de cigarros y un lugar donde ir a mear.

En Libertad había media hora de recreo por día, los reos discutían de política y hasta se jugaban partidos de fútbol. Pero Mujica no mejoraba. Nada lo sacaba de su propio encierro. Finalmente lo vio un médico y se tomó la decisión: Mujica trabajaría en el cantero floral del penal.

Algo volvió a Mujica, cuando Mujica volvió a la tierra.

—He dicho por ahí que soy casi panteísta —dijo en la biografía de Miguel Ángel Campodónico—. Y cuando digo que hablo con las plantas, por supuesto que no estoy diciendo que realmente hable con ellas, sino que trato de interpretarlas. Hay una multitud de lenguajes, de señales, que naturalmente a partir del momento que los conozco me despiertan admiración. Son todas formas organizadas por la naturaleza para mantener la lucha por la vida. Un terrón debe ser un laboratorio entero, tan complicado que el hombre no está ni en condiciones de remedarlo. Se puede ser religioso por analfabeto. Pero también se puede tener una actitud religiosa cuando se empieza a saber y se comprende que no se sabe nada.

El catorce de marzo de 1985, cuando cayó la dictadura y Julio María Sanguinetti asumió la presidencia de Uruguay, los nueve rehenes fueron amnistiados y puestos en libertad.
Mujica salió del penal con la pelela en la mano, florecida de caléndulas.

Un hombre llega en moto Vespa al Parlamento. Tiene el pelo alborotado por el viento, un pantalón de jean, campera negra, bigote. Deja la moto estacionada en la entrada.
—¿Cuánto piensa quedarse? —le dice el guardia.

—Si no me rajan antes, cinco años —contesta el hombre.

Esto —dice una leyenda que nadie niega con mucho énfasis— habría sucedido el primer día en que José Mujica, primer tupamaro diputado, llegó al Parlamento. Era 1995 y en esa misma jornada —transmitida por cadena nacional— tomaba juramento como presidente por segunda vez Julio María Sanguinetti, por lo que el precinto estaba lleno de embajadores, mandatarios invitados, jerarquías de la iglesia y solemnidades varias.

Pero Mujica entró así: pelos revueltos, jeans, ninguna corbata.

—Yo pensé: van a creer que es una maniobra publicitaria —dijo Huidobro en el bar, días atrás—. Ellos no saben, como yo sé, que la campera es nueva. Que el vaquero es nuevo. Que se peinó. Y que nunca más volverá a estar tan arreglado. Como le decía Sancho al Quijote: “Cada quien es como Dios lo hizo, y aún peor muchas veces”. Aún peor.

La llegada de Mujica al Congreso significó un cambio para la política uruguaya. Primero, porque se modificaron los usos y costumbres de la Cámara —por ejemplo, llegó el mate a las sesiones legislativas—, y en segundo lugar porque esa formalidad arrastraba una modificación de fondo: Mujica usó su banca para recorrer el país e incorporar a sus discursos lo que ya tenía, desde chico, incorporado a su vida: la presencia de los sectores rurales.

Mujica —hijo de una floricultora y de un padre ganadero que se fundió y se murió pronto— dio su primera disertación en el Palacio Legislativo sobre el tema del pasto.
Y del pasto pasó a la vaca que se comía al pasto. Y de la vaca pasó al país ganadero.

—Los que creían que el Pepe era un problema de comunicación pasajero, un producto efímero, erraron —dijo Huidobro—. Pepe fue uno de los mejores diputados de esa legislatura, un brillante orador. Él le ha dado voz a todo el interior uruguayo y ha tenido una especie de noviazgo entrañable con el público.

La llegada a Diputados fue solo el comienzo. Cinco años después, Mujica fue electo senador. Y en 2004 su figura resultó clave para que la izquierda, comandada por el moderado Tabaré Vázquez, llegara por primera vez al poder. Mujica participó del gobierno de Vázquez como ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, y emergió airoso de ese cargo. Tanto que en el 2009 ganó por paliza las internas del Frente Amplio para ser candidato presidencial, y encaró las elecciones nacionales con propuestas impensables para cualquier candidato del siglo XXI.

Mujica propuso discutir la propiedad privada de las grandes extensiones de tierra, levantar el secreto bancario, “importar” campesinos de Perú, Bolivia, Paraguay y Ecuador para que trabajen las zonas rurales “porque los montevideanos pobres acá no lo hacen” y resolver el tema de la drogadicción “agarrando a los adictos del forro del culo y metiéndolos p’adentro de una chacra”.

Propuso, en fin, tomar el toro por las astas. Lo que traía dudas operativas —¿cómo se haría?— y dilemas coyunturales. Conforme Mujica empezó a hablar, se entendió que el mayor contrincante no estaba en otro partido, ni siquiera en otro cuerpo: el mayor peligro de Mujica era, en parte, su mayor capital político: su desusada franqueza. La honestidad de Mujica llegó a su punto cúlmine en octubre —a días del ballotage que definiría la presidencia a favor suyo o del liberal Luis Alberto Lacalle— cuando salió a la venta el libro Pepe Coloquios: una extensa entrevista donde Mujica —solo por dar un puñado de ejemplos— dice que la Argentina “no es un país de cuarta, no es una república bananera”, pero tiene “reacciones de histérico, de loco, de paranoico”; que “en Argentina tenés que ir a hablar con los delincuentes peronistas, que son los reyes”; que “los porteños tienen la manía de venir a bañarse acá y les gusta, porque es un paisito parecido al de ellos, pero más suave, más decente”; y que “los radicales son tipos muy buenos, pero son unos nabos”.

Es decir: Mujica no dijo nada que nadie piense. Pero el mundo de la política impone sus cortesías y así fue que Mujica relativizó la mayor parte de sus dichos, salió a pedir disculpas de inmediato, bajó drásticamente sus encuentros con la prensa —una medida que aún se mantiene— y logró ganar el ballotage con un 52,53% de los votos.

“Este mundo es puro maquillaje: que esto no se puede decir, aquello tampoco… ¡La libertad está hipotecada! Una de las ventajas que tiene ser viejo es decir lo que uno piensa. Pero eso parece armar un revuelo de la puta madre que lo parió.” Eso dijo Mujica días antes de la primera vuelta electoral, en una entrevista con la revista mexicana Gatopardo, cuando ya se estaba hablando del desastre del Pepe Coloquios.

Serán, entonces, las ventajas de ser viejo. El próximo veinte de mayo, Mujica cumplirá setenta y seis años.

—Cómo le va, Rosencof, estoy en Montevideo. ¿Se acuerda que habíamos quedado en vernos?
—Nena…
—Vos sabés que estoy en el hospital. Se me desacomodó el marcapasos, no sé qué lío de cables hicieron estos tipos…
—¿Está internado entonces?
—Sí, nena, esto… estamos en la era de la ortopedia. Me estoy desintegrando.

Renguea. Caminando por el pasillo del Palacio Legislativo, Lucía Topolansky, sesenta y seis años, la senadora más votada del Parlamento, tercera en la línea de sucesión a la Presidencia, tupamara, compañera —ella no dice “esposa”, no dice “mujer”, dice “compañera”— de José Mujica, avanza con un moderado desacomodo en la cadera.
El Parlamento está desierto; es febrero. Los pasos resuenan de otro modo.

—Entrá —dice Topolansky. La sigo. Su despacho es pequeño: nueve metros cuadrados donde hay algunas carpetas, una ventana, un escritorio. Sobre la mesa de trabajo hay papeles, una caja con té de uña de gato y una pequeña tortuga de madera verde que mueve la cabeza como diciendo “sí”. Topolansky —cabello corto, blanco, discreto— acaricia suavemente la tortuga.

—Decime —dice. Y le digo. Le hablo de la revista. De nuestras buenas intenciones. Topolansky escucha con una sonrisa que viene acompañada de algo más: de una amable escenificación de la distancia. Todo el mundo dice que esta mujer es dura. En tiempos de militancia clandestina la apodaban “la tronca” por lo macizo de su cuerpo, y probablemente no solo del cuerpo.
Entre 1970 y 1985, Topolansky estuvo presa casi todo el tiempo. Cree que ese encierro fue necesario.

—El pueblo apreció mucho que los dirigentes del MLN no se exilaran, se quedaran en Uruguay jugando la suerte de su pueblo. Toda nuestra dirigencia estuvo presa y eso a la gente le cayó bien. Esos hechos generaron prestigio. Puede parecer muy sujetivo, pero son esas razones del alma que quedan grabadas en la gente.

Topolansky es hija de una familia de clase media acomodada del barrio Pocitos y estudió en el Sacre Coeur, una escuela de monjas que se hizo conocida —entre otras cosas— por su insigne caligrafía conocida como “letra Sacre Coeur”. De ahí que no quede claro por qué dice “sujetivo”. Ni por qué más adelante dirá “produto” o “adatarse”. Hay quienes dicen que podría tratarse de una pose, pero esa hipótesis anula —o deja en un segundo plano— la posibilidad de la culpa.

Lo cierto es que Topolansky —pantalón color crema, camisa de gasa blanca— dice “sujetivo” y después, a diferencia de cualquier sindicalista argentino, se aguanta vivir del modo en el que habla. Y eso sucede desde hace mucho.

Y eso, quizás, deba ser suficiente.

Topolansky se alistó en el MLN-T a los veinte años, y desde el comienzo dio muestras de un carácter. Era 1969 y en ese entonces trabajaba en Monty: una financiera que, descubrió Topolansky, llevaba la contabilidad en negro de prácticamente todo el gabinete de ministros y de los capitostes de la oligarquía uruguaya. Cuando supo la verdad, Topolansky se preguntó qué grado de complicidad tenía con eso y qué debía hacer: si irse o denunciarlos.

Tomó las dos opciones. Se enroló en el MLN-T con su información privilegiada y junto con el Movimiento logró que todas las fotocopias de los libros contables terminaran en la puerta de la casa de un juez y desataran un escándalo político que se llevó puesto a un ministro de Hacienda. Además, claro, se fue de su trabajo.

—Cuando sos una gurisa pensás las cosas con otra cabeza. De repente, a la edad que tengo ahora le hubiera puesto más reflexión al asunto. Pero pertenezco a la generación sobre la que impactó la revolución cubana y las cosas hay que verlas en ese contexto. Estábamos convencidos de que podíamos hacer la revolución. Convencidos. Y cuando tú estás motivado, obviamente el riesgo se ve de otra manera.

En esos tiempos, en alguna de las tantas reuniones clandestinas, Topolansky —dicen que era hermosa— conoció a José Mujica. Estuvieron juntos unos meses, pero luego ambos terminaron en la cárcel: ella en Punta Rieles (desde donde se fugó, aunque luego volvió a caer presa) y él en Libertad y luego en los cuarteles. Más allá de alguna carta en los primeros tiempos, el resto del noviazgo estuvo marcado por un largo, interminable silencio.

También a eso sobrevivieron.

Cuando habla de su compañera —en el libro de Campodónico— Mujica lo hace de esta forma: “Como los dos andábamos solos terminamos juntándonos. En la formación de nuestra pareja hubo un factor de necesidad, fue una especie de mutuo refugio. Nos reencontramos en una época bastante particular, bien diferente a la que habíamos dejado atrás. Creo que alguna vez se lo dije en una carta: cuando uno se aproxima a los cincuenta años piensa que una compañera debe ser una buena cocinera. El amor tiene entonces mucho de amistad, de cosas que faciliten la convivencia. Y creo que todo eso es lo que nos ha mantenido juntos, encajamos fenómeno”.

Una necesidad, un refugio: el amor para ellos era esto.

—En aquellos años en que andábamos a las corridas todo era ya —dice Lucía Topolansky—. Era muy difícil el después. Todo era hoy, ya, porque mañana no sé si voy a estar, y toda relación humana quedaba atravesada por esa urgencia.

—¿Pero no había flechazo?

Algo se ablanda —se aclara— en el rostro de Topolansky.

—Por supuesto que existe la afinidad, el amor, el flechazo, la química o ponele el nombre que quieras.

—O sea que podía existir, entre militantes, un pensamiento como “qué lindos ojos tiene”.

—Claro. Eso es lo único que te sostiene. Te aferrás a esas cosas. La relación con Pepe pasó por tres etapas: la de los ojos lindos, luego una larga etapa de separación donde el recuerdo de eso te sirve como un oxígeno, y después una etapa que es esta, en la que logramos reencontrarnos y reconstruir todo.

En 2005, Topolansky y Mujica se casaron en la cocina de su chacra. Los testigos fueron los vecinos —unos que viven en el mismo terreno, y otros que tienen un quincho en la esquina— y el evento duró poco más de una hora. Esa misma noche, el ocho de octubre, Pepe fue a un acto del MPP y mostró la libreta.

—Sí. Un día a Pepe se le ocurrió casarse y nos casamos.

—¿Pero te gustó la idea?

—Ehh… psé… en realidad en concreto no me varió en nada, ¿no? Yo siempre fui medio anarquista desde chica, veía cómo mis tías y mis primas se complicaban la vida para casarse, así que siempre tomé opciones de andar media libre. Sin ninguna atadura. Y bueno, yo no tuve ataduras de ningún tipo.

Silencio.

—No sé qué habría pasado si hubiera tenido un hijo en esa época. Pero no tuvimos.

Ni en esa época ni en ninguna otra. Mujica y Topolansky no han tenido hijos. Les duele.

Este es el quincho de la esquina. Acá celebró José Mujica cuando ganó las elecciones. Acá reunió a su gabinete de ministros. Acá trajo al venezolano Hugo Chávez cuando quiso agasajarlo, en 2007. Y acá, en tiempos preelectorales, montó su despacho. El lugar se llama “El quincho de Varela”, queda a cien metros de la chacra de Mujica y consiste en una construcción rectangular, con techo de paja y paredes de ladrillo, ubicada frente a un campo recién arado.

El lugar pertenece a Sergio “El Gordo” Varela, también apodado “el mugriento”: un comerciante mayorista de alimentos que no da declaraciones a la prensa y que durante la campaña se encargó de comunicarse con distintas empresas del Centro de Almaceneros para pedirles fondos que financiaran el acto de cambio de mando.

El interior del quincho de Varela luce así: hay un piso de layota desgastado, un techo del que cuelgan dos banderas —una del Frente Amplio, otra del Uruguay—; varias imágenes del Che, Neruda, Allende y Chávez, mesas hechas con tablones donde alguien pintó “Pepe presidente”, un puñado de perros astrosos, y juguetes de niño tirados por el suelo.

Una mujer gruesa y de ropas desteñidas se acerca, espanta los perros, se limpia el sudor de la frente y dice:

—Bueno, esto se arregla un poquito más cuando vienen ellos.

Los funcionarios del gobierno que pertenecen al Movimiento de Participación Popular (MPP) tienen tope salarial. Lo máximo que pueden ganar son treinta y siete mil pesos (mil novecientos dólares), y eso significa que la mayoría —entre ellos Huidobro, Mujica, Topolansky y el ministro Eduardo Bonomi— cobra en mano apenas el treinta y cinco por ciento de su sueldo. Los excedentes van al Fondo Raúl Sendic (donde se otorgan microcréditos a proyectos —en su mayoría cooperativos—, sin tasas de interés, sin papeles firmados y sin la exigencia de pertenecer al Movimiento) y a un Fondo Solidario con el que se auxilia a los militantes del MPP que estén pasando por una urgencia económica.

En su despacho, Eduardo Bonomi, ministro del Interior, considerado la mano derecha de Mujica en el gobierno, explica el tope salarial de esta manera:

—Es muy fácil dar lo que te sobra. La cuestión es dar lo que no te sobra.
—¿Pero nunca te da ganas de comprarte un televisor de plasma?
Bonomi se masajea el labio inferior.
—Eh… Yo vivo en una cooperativa de viviendas. A esta altura terminamos de pagar la cuota entonces solo pagamos los gastos comunes. Tenemos un auto del 94… A ver: la austeridad de Pepe es única, pero que Pepe haya llegado no es casual.

—¿Nada cambió en Mujica?

—Operativamente Pepe tiene más responsabilidad. Pero es la misma persona. Sigue levantándose y haciéndose el mate y escuchando los pajaritos. Pero casi todos somos así. Yo me levanto a las seis, escucho las noticias…

—¿Pero no hay ninguna pose por parte de Mujica?

—No, es así. Es así. Él es así. Qué pose. La vida del Pepe es muy sencilla y pasa por la tierra. Cuando uno sale de licencia y se va al monte o a la playa, Pepe se va a trabajar la tierra. Y los domingos, mientras todos descansamos, él madruga para trabajar la tierra. Si no hace eso, no descansa. La tierra es el lugar donde Pepe ordena sus ideas. Cada cual es como es.
Otra vez se toca: su labio inferior es —se ve— mullido.

—El problema es que Pepe tiene una cultura mucho más alta y grande de lo que representa su forma de hablar.

El despacho de Bonomi es ministerial pero austero: hay maderas lustrosas, muebles fuertes, sillones y cortinas de pana. Si cruzara la puerta de su oficina, Bonomi saldría a la galería del ministerio y vería un edificio igualmente fuerte y medido: apenas cuatro pisos balconeando sobre un patio central, y en el medio un obelisco con la inscripción “Homenaje a los caídos”. Dispuestas sobre el monumento, distintas placas de bronce recuerdan el nombre de los agentes policiales muertos en servicio.
Alguien tiene que haberse reído de todo esto.

Bonomi fue acusado hace veinte años de matar a un policía. El veintisiete de enero de 1972, el Inspector Rodolfo Leoncino, jefe de seguridad del penal de Punta Carretas, esperaba el colectivo cuando recibió un fogonazo de disparos. La orden, dicen las acusaciones, la habrían ejecutado cuatro tupamaros, entre ellos Bonomi. Pero la habrían dado, desde la cárcel, tres militantes entre los que estaba José Mujica.

—Cuando salí en libertad, amnistiado, fui a parar con unos jueces y lo primero que me preguntaron fue si tal día a tal hora había hecho tal cosa, y respondí: “Me siento políticamente responsable de todos los hechos realizados por el MLN”. “Pero no le estamos preguntando eso, sino si tal día a tal hora…” “Bueno: yo le estoy respondiendo que me siento políticamente responsable de todos los hechos realizados por el MLN.” Cinco veces preguntaron y dije lo mismo.

El labio. Vuelve a tocarse el labio.

—Y cada vez que me preguntan respondo: me siento políticamente responsable de todos los hechos realizados por el MLN.

Bonomi —saco azul, pantalón gris, corbata— tiene lentes, una barba espesa y una voz profunda: todos estos tipos tienen la voz honda, encallada en algo que debe ser el pasado y su aspereza.

—Cuando durante la campaña de Mujica se rumoreaba que, de ganar, yo sería ministro del Interior, por acá circulaban mails acusándome de esto y de cosas nuevas también. Así que cuando asumí, en la Escuela de Policía, me tocó hablar y dije que yo sabía que habían circulado mails y que no me quería hacer el bobo y que entendía que los votos que había tenido el Frente Amplio no eran un apoyo a eso que se acusaba sino mirando el futuro con un modelo de Nación con participación de los trabajadores, los productores y los intelectuales. Y les cayó bárbaro.

Bonomi vuelve a masajearse el labio.

Treinta años atrás, un tiro le partió la mandíbula y hoy no puede abrirla demasiado.

Costumbres de la época: cuando José López Mercao se resistió a un arresto, los militares le metieron cinco tiros y lo remataron en el suelo con un sexto balazo que le atravesó la boca. Lo creyeron muerto pero no murió: los médicos navales lo encontraron y lo llevaron al Hospital Militar. Allí recibió cuatro litros de sangre y se enteró de la presencia de Mujica: el cuadro político del que solo conocía el nombre.

Era mayo de 1970.

—Me acuerdo que un día vino un médico con el uniforme militar puesto y me dijo: “Qué huevos que tiene Mujica, se afirmaba en la camilla y decía ‘no me dejen morir, yo soy un combatiente’. Le dimos trece litros de sangre, que huevos tiene”.

López Mercao recuerda y sonríe: tiene un rostro macizo, oliváceo, y una sonrisa por la que asoman dos dientes levemente recortados en su vértice interno: López Mercao sonríe —cuando sonríe— como un niño. A su lado está Isabel Fernández, su compañera, y por la casa rondan sus dos hijas. Todos viven en un departamento muy austero de El Cilindro, un barrio de clase trabajadora de Montevideo. En las paredes hay reproducciones de Modigliani y Van Gogh. En los rincones hay grandes ceniceros que acunan los cigarros fumados. En el living hay muebles de caña y una computadora culona. En los aparadores hay fotos recientes tomadas con una sencilla cámara de rollo: hasta las fotos nuevas parecen viejas.

López Mercao, quien alguna vez se pensó que sería el jefe de prensa de Mujica —finalmente no fue— hace el relato de toda la historia que se cuenta en estas páginas: habla de Punta Carretas, del abuso, del Penal de Libertad, de la incertidumbre de los nueve rehenes, de la llegada al poder como un baño de sentido. Y lo cuenta con un hablar grave y pausado: el Negro —le dicen “el Negro”— tiene la voz endurecida por el humo.

—¿Y vos has soñado con todo esto? ¿Te han llegado estos recuerdos en sueños?

—No —dice—. Yo no sueño.

Afuera está oscuro y llueve; suenan los grillos. Una de las hijas se acerca y busca música en la computadora del living.

—Bueno —dice Isabel—, cada vez que él da alguna nota o se reúne con compañeros en un asado y recuerdan cosas, yo después lo noto distinto. Con los años la cosa se fue apaciguando pero yo noto que te quedás mal, Negro. Yo noto que te quedás como triste. Noto que soñás.

La hija —Evelina— pone un tema de la banda uruguaya Cuarteto de Nos. El tema se llama “El día que Artigas se emborrachó”, hace alusión al primer libertador uruguayo —mítico héroe nacional que murió exiliado en Paraguay— y termina con esta estrofa: “Se emborrachó, porque la guerra perdió / y se emborrachó, porque alguien lo traicionó / se emborrachó, y la patria se lo agradeció / ¡Whisky para los vencidos!”

En términos generales la letra es graciosa y encima aquí hay cerveza, así que todos reímos. Pero el Negro, a través de sus lentes de montura fina, con el codo en la rodilla, cavila.

—La historia uruguaya es rarísima, los héroes históricos son todos derrotados con honor —dice—. Para la historia ser un triunfador no trae réditos. Miralos a Artigas, Aparicio Saravia, Leandro Gómez, Batlle Ordóñez. En general, vos vencés acá y cagaste. Pero te transformás en ídolo. Miralo al Pepe si no. Poné la otra que me gusta a mí.

Evelina obedece y pone otra. Afuera la lluvia sigue y en algún momento el Negro se levanta, tira una colilla por la ventana y se va a buscar el auto para llevarme al hotel.

—Yo te quiero contar algo, porque él nunca lo cuenta —murmura Isabel cuando su marido se va. Y luego dice esto: que al Negro le llegó una indemnización por veinte mil dólares. A los muy heridos parece que les llega, y el Negro y su mandíbula tienen puntaje suficiente para entrar en ese club. Pensando en el futuro —en sus hijas, en las operaciones maxilares— el hombre mandó los datos. Y desde que los envió empezó a dormir mal.

Una noche, Isabel encontró a su marido diciendo “no puedo”.

—No puede aceptar ese dinero. Me dijo: si lo aceptara, si buscara una compensación, sería como arrepentirme. Y yo le dije Negro, es tu cuerpo, son tus huesos, la mandíbula rota es tuya. Yo no puedo meterme en eso. No aceptes la plata si no querés aceptar la plata. Y ahí se habrá sentido liberado, porque se puso a llorar.

Isabel tiene cuarenta y seis años, ojos celestes, cabello rubio: si cada edad iluminara con una luz propia, podría decirse que a esta mujer la alumbra una luz de veinte años. En eso pienso —en la nobleza de su rostro— cuando el Negro toca el timbre para avisar que está en la entrada, esperando en el auto.

El regreso al hotel es en silencio.

La avenida 18 de julio, el asfalto mojado, el ritmo menguante de las calles céntricas: la ciudad parece una película muda; solo se oyen los neumáticos.

—Bueno —el Negro detiene el coche—. Lo último que puedo decir es que fueron los años más lindos de la vida nuestra. No especulamos con nada. Lo dimos todo. Y ahora vivimos en un ejercicio de interpelación periódica con aquel gurís que fuimos a los veinte años. Yo no quiero hacer a los sesenta cosas que me hubieran avergonzado a los veinte. Quiero irme de la vida sin amputar partes de mí. Quizás a los otros compañeros le pase lo mismo.

Eso es lo último que dice el Negro antes de despedirse con un ademán seco —apenas una palmada— y de dejar abierta una pregunta: si esta historia debía ser sobre José Mujica, o sobre la maravilla colectiva que permitió que exista, con sencillez absoluta, José Mujica.

Este texto es, de algún modo, una larga respuesta.

 

Desde Venezuela: Toda Edad Sirve para la Muerte Crónica dolorosa y vieja fuera del ghetto. top
Por Rogerio Moya jueves, (27 de marzo de 2014)

Ayer nos dijo que tenía que llevar a su hermana mayor a Calabozo. Calabozo está lejos de Valencia. Es una ciudad enclavada en el fondo de la República Bolivariana de Venezuela.
Hermano, le dijimos, son muchas horas de carretera, hay mucha revoltura, un peligro infinito es el viaje que quieres dar, convence a tu hermana que espere unos días.

Se fue al encuentro de la muerte. Derechito a la eternidad camina el pobre humano cuando le toca. Una alcabala de la Guardia Nacional, dos camionetas de piqueteros que intentaban detener el tráfico de la autopista, se discute, crece el calor y llega la violencia.

El auto del amigo y una buceta llena de pasajeros quedan en medio de la disputa. Una bomba lacrimógena, perdigones, pistolas ocultas disparan contra la tarde clara y una bala oscurece para siempre el brillo cansado de los ojos de Antonio, el gallego, que cargaba con su hermana rumbo a Calabozo.

Muerto otro muerto. Este muerto es mío. Los muertos que le matan a uno el día impropio, la tarde inmediata, son muertos muy tristes, tan tristes que su angustia nos corta el aire y sentimos que nos ahogamos.

En mi celular de palo me escriben un mensaje. En Barquisimeto le pegaron candela a un CDI. Una vecina del establecimiento de salud patea la puerta y grita. Rompen vidrios de las ventanas y se despierta al residencial entero. Son las tres de la mañana. Los médicos, las enfermeras, los pacientes ya no duermen.

Se quema parte de la instalación. Desordenadamente, oportunamente logran evacuar a todo el personal y no hay heridos.

En los últimos tres días han quemado una sede universitaria, decenas de ómnibus de transporte estudiantil, una gandola de gasolina junto a mi hijo Rogito que se salva de vaina, porque no le tocaba.

Ayer un sin alma mató a una señora con siete meses de gestación que se escondía en una acera, junto a otras personas inocentes, que trataban de evitar la plomamentazón que había surgido entre oficialistas y opositores.

Yo no tengo experiencia que me ayude a soportar el rostro de la muerte inocente. Toda mi juventud y mi primera madurez transcurrieron inmersas en un mar de violencia. Íntimamente nos llenaba de orgullo saber que estábamos fajaos contra los americanos. Nosotros éramos David, ellos eran Goliat. Ellos eran los asesinos de Conrado Benítez y Lantigua, nosotros éramos maestros y milicianos.

Cuando Girón hubo muertes de inocentes, pero fueron mis inocentes y los invasores eran los matarifes que destrozaron la madrugada de la Ciénaga de Zapata.
En esta guerra --he dicho la palabra prohibida-- los inocentes donan más sangre que los implicados. Primero no me gustaba que estudiantes estuvieran luchando contra policías y guardias vestidos de un amarillo parecido al otro amarillo de mi niñez y primera juventud.

Los estudiantes de mi memoria bajan la Escalinata de la Universidad y son agredidos salvajemente por los policías azules y gordos de Batista.
En la acera, sosteniendo su pierna herida, Camilo mira al futuro y entra en la historia de mi Patria.

Ha pasado un mes de lucha. La ceniza de los incendios flota en la atmósfera de Valencia y otras diez ciudades de Venezuela. Los estudiantes han sido sustituidos, poco a poco por pistoleros organizados y mal dirigidos. Esta guerra ha perdido su inocencia. Quemar un CDI repleto de amor, en la madrugada, ensucia toda inocencia.

Será que me tocaron la sangre buena y martiana de mi gente isleña. Ellos no saben que un león de melena brillante acecha desde la entrada de la cueva. Dentro duerme la hembra, descansan los cachorros. Les conviene cazar en otra sabana, junto a otro río.

Los que visitan la selva deben saber que toda edad sirve para la muerte.

Moya
Valencia
2014

 

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